Rebuscó
entre los bolsillos de su chaqueta de cuero, y encontró, un paquete de tabaco
medio vacío. Lo golpeó contra la pierna que tenía apoyada sobre la pared, para
poder empujar a uno de los últimos supervivientes hasta el exterior. Cuando lo
consiguió, se acercó el paquete de tabaco a su boca, y atrapó entre sus labios
el cigarrillo. Guardó, sin demasiadas ganas el tabaco, ahora, se palpaba,
nervioso, los bolsillos exteriores en busca de algo con lo que poder encender
el cigarro que sostenía en su boca. Lo encontró, un viejo mechero con el que
había recorrido medio mundo, y apenas recordaba su existencia. Le costó
conseguir que le diese una llama decente, pero lo consiguió.
Apenas
un par de caladas después, la vio llegar. Puso cara de no saber nada, y siguió,
más atento al cigarro que a lo que se avecinaba. Ella, dispersa y nerviosa por
su presencia, se acercó lentamente, pero con paso firme hacia aquel tipo duro,
que solo tenía, de duro, aquella chaqueta que lo envolvía.
Sus miradas no se cruzaron durante esos cinco segundos, eternos, que tardaron en juntarse.
Ella, lo miró, sorprendida. Él, la miró, nervioso. El saludo fue tan
titubeante, como sus dos almas. Apenas cinco pasos bastaron para darse el
segundo beso, queriendo, sin querer.
Ni
se miraron en aquel tímido beso, que selló, con algo más que los labios,
aquello, que ninguno de los dos sabía. El mundo, se paró un momento, el sabor
de aquel cigarro en su boca, se volvió, un dulce rumor de fresas en la de ella.
No
quedó ahí, apenas unos metros más lejos, entre unos muros, decorados con ese
arte urbano que caracteriza nuestras ciudades, encontraron el lugar más hermoso
del mundo. Y, tras una maratón de besos, ella, esbozó en sus labios, como si de
un olvido se tratase, un tímido “Te quiero”. Él, sorprendido por esas dos
palabras que te pueden matar, y por las que puedes morir, dijo: “yo, también”.
Falso.
Sin contenido. Ella, se contuvo la risa tonta que le provocaba oír esas
palabras de su boca. Siguieron a lo suyo, desdibujando algunas pintadas de las
paredes a golpe de besos, caricias y cariños.
Duró
semanas, quizá meses, o puede que no haya terminado, es más, puede que vuelva.
Pero se gastaron sus labios, se rompieron en mil pedazos sus esperanzas y se
acabó. Un beso, tras otro, y el último, cubierto de lágrimas, el más dulce y
fatídico de todos…
Él,
roto por dentro, pero firme y de hielo por fuera. Comenzó a embozarse cada día
más en esa chaqueta mágica, que tanto le recordaba a ella. Se abrigaba con el
humo de sus cigarros, y se abrazaba a cualquier vaso, que le diese un poco de
calma.
Ella,
desolada, pasaba las horas contemplando la vida, y la triste realidad. Sola.
Desamparada, y rota por su ausencia. Buscaba en su cabeza viejos recuerdos, que
tan sólo hacían que recordase una realidad disuelta por la lluvia. Lágrimas de
amor, de tristeza, de soledad.
Así,
buscando lo imposible, acercando lo irreal a este mundano lugar. Puede, que si
pasan por ahí, donde desdibujaron las paredes, aún les vean, son dos, o tan
sólo uno, y puede que se estén queriendo a matar, pero en realidad… se están
matando de amor.
Me gusta cómo lo narras todo. Felicidades.
ResponderEliminarUn beso.
¡Muchísimas gracias!
EliminarUn beso :)