La
espalda mojada de tanto soñar con ella. Los ojos cerrados de no haber dormido.
Y roto por completo, de tanto pensar en aquella chica, que helaba su aliento. Así
es como se levantaba cada mañana. Inmerso en un drama que no acaba, que aún no
ha empezado y que está lamentando su final.
Ella.
La causa y solución de cada uno de los problemas que le asediaban. Ella, la
llama que encendía la mecha de la soledad. Esa mujer, de rostro perfecto, ojos
como esas nubes azules de tormenta, y los labios, tan etéreos, tan cercanos y a
la vez tan lejos de su alma… Estaba repleta de cicatrices, y no sólo en su
cuerpo, sino también en su corazón. Las primeras, recuerdo de un pasado que se
prometió no volver a vivir, las otras, por el contrario, eran tan sólo el dulce
testigo que otros dejaron allí. Ella.
Él.
Arquetípico hombre que vaga desolado en busca de la cura para todos sus males.
Que no lo encuentra en las botellas, ni en el fondo de un vaso en la barra de
un bar. Pero lo halla en una mujer, en sus curvas, y en cada una de sus
miradas. Él.
Los
dos. Presuntos culpables de una muerte casi anunciada, sin conocer el final, se
ve el fin. Una noche, con sus correspondientes mañanas. Una mirada, y las
posteriores llamadas. Un amor, y por fin, roto el corazón.
Así.
Cuando buscamos la vida en otro, y el otro se busca la vida. Sin querer… Por
querer…
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