Impetuosa
curiosidad la suya, causante de sus desvelos, de permanecer horas perdidas con
los ojos abiertos, buscando respuestas, encontrando nuevas preguntas. La
maldita curiosidad que le precedía. La bendita curiosidad que me suscitaba.
Así
de curiosa era. Sin querer, o queriendo demasiado, te disparaba a quema ropa
preguntas de esas que duelen, las que van directas al centro neurálgico de tu
maltrecho corazón. Y tú, como un idiota,
mientras mirabas esos ojos largabas todo lo que podías decir. Y ella, como
reconfortada por la información te miraba. Y cuando te mira con esos ojos,
ávidos de sabiduría e información, no queda sino rendirse ante ella.
Curiosidad
cicatrizada en mil historias, en mil batallas que dejaron su huella en aquel
cuerpo, ese, el del delito que nunca nos permitimos cometer. Y cuando has
acabado de soltar todo aquellos que brotaba a borbotones desde lo más profundo
de ti, ella calla. Tan sólo te mira distante, perdida en ti, y tú, vuelves a
perderte en ella.
Reacciona,
y sonríe. Sonríe por ser ella, por ser tú, por ese momento, y porque, ahora, la
quieres un poco más.
Y
mira, no para de mirar. Buscas sus labios entre marañas de palabras, y
encuentras sus piernas, sus manos, rotas por las cicatrices que crees que no
tenía. Y avanzas impertérrito hacia sus ojos, y ves, que rasgados en sus
extremos, no cesan de llorar. Lloran porque aún hay una herida que no han
podido cicatrizar.
Besas
sus lágrimas, sin besarla a ella. Abrazas su vida, sin ni tan siquiera rozarla.
Y de nuevo, miras, respiras profundamente, y te vas. Te vas para no volver, o
eso crees, te vas, para no dejarla que se pierda.
Y
se queda allí, y una parte de ti se va con ella. Ya tiene más de ti que tú
mismo. Pero no puedes evitarlo.
No puedes no quererla. No puedes no irte con
ella. No te deja, pero si por ti fuera, hace meses, que las cicatrices se
hubieran disipado entre besos, llantos, y sonrisas. Entre sus piernas, sus
labios y sus ojos.
Entre
tú… y ella.
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