La
noche se nubla de nuevo, la ciudad toma un tono más gris de lo habitual, pero
me gusta, la verdad es que no odio tanto este sitio. Las fuentes me distraen
mientras espero.
Enciendo
un cigarrillo con los últimos resquicios del anterior. Llevo cuatro seguidos,
sé que ella odia ese olor, pero yo odio la soledad mientras espero, y la que me
deja cuando desespero.
Veo
una figura que comienza a volverse más nítida mientras se acerca. Es ella. No
cabe duda, apenas ha avanzado unos pasos más cuando reconozco sus formas,
siento sus pasos y oigo como el viento que nos azota durante un momento mece su
pelo. Me apresuro a apagar el cigarro, que apenas había consumido aún. Ella me
ve, sabe que lo hago en parte por su presencia. Me devuelve una media sonrisa
mientras rebusco un chicle en los bolsos de mi chaqueta. Demasiado tarde me
dicen sus ojos.
Llegó.
La temo, pero no puedo resistirme. La odio pero no puedo dejar de quererla, es
como una de esas medicinas que para curarte te mata un poco, pues algo así me
pasaba con ella. Me busca, y acaba encontrando una sonrisa, una mirada durante
un par de segundos a sus azules ojos, que incluso en la negrura de la noche se
apreciaban.
Busca
de nuevo, mira, espera. Y me abraza, abraza y respira, respira ese olor que
poseo, una mezcla entre colonia, fracaso, amor y esperanzas. Y le encanta, le
gusta el dulce sabor de mi cuello. Se separa y parece que para el mundo de
nuevo.
Comienza
a pasar gente. Y dejo de verla durante un segundo. Me invita a fantasear, a
jugar, a querer como si fuera la primera vez, a mentir como si fuera la última.
Y
caigo de nuevo en el juego, en las redes, en sus ojos. Esos labios, que ya no
me susurran se convierten en los verdugos de mis sueños, esos ojos, que antes
me brillaban, ahora me queman. Y esas manos, que más de una fría noche
calentaron las mías, se dedican a marcar esas distancias, que son como un muro,
como una muralla.
Vuelve
la sonrisa. No lo puedo evitar, no lo quiere evitar. Enciendo otro cigarro,
esta vez me da igual lo que diga, en la segunda calada sus miradas me han hecho
tirarlo. En la tercera sus labios me buscaban, y en la cuarta… no sé dónde me
encontraba.
Me
beso una última primera vez, me sintió una primera última vez. Y se despidió
como siempre. Sin decir demasiado, sin mirar atrás, sin preocuparse por las
ruinas que dejaba tras de sí.
Así,
como siempre, como nunca, como casi siempre. Queriendo sin poder, jugando sin
querer, amando sin saber. Sintiendo, sin haber un por qué. Así. Porque sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario