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1.4.14

Esperarte, esperarme, esperarnos...

La noche se nubla de nuevo, la ciudad toma un tono más gris de lo habitual, pero me gusta, la verdad es que no odio tanto este sitio. Las fuentes me distraen mientras espero.

Enciendo un cigarrillo con los últimos resquicios del anterior. Llevo cuatro seguidos, sé que ella odia ese olor, pero yo odio la soledad mientras espero, y la que me deja cuando desespero.

Veo una figura que comienza a volverse más nítida mientras se acerca. Es ella. No cabe duda, apenas ha avanzado unos pasos más cuando reconozco sus formas, siento sus pasos y oigo como el viento que nos azota durante un momento mece su pelo. Me apresuro a apagar el cigarro, que apenas había consumido aún. Ella me ve, sabe que lo hago en parte por su presencia. Me devuelve una media sonrisa mientras rebusco un chicle en los bolsos de mi chaqueta. Demasiado tarde me dicen sus ojos.

Llegó. La temo, pero no puedo resistirme. La odio pero no puedo dejar de quererla, es como una de esas medicinas que para curarte te mata un poco, pues algo así me pasaba con ella. Me busca, y acaba encontrando una sonrisa, una mirada durante un par de segundos a sus azules ojos, que incluso en la negrura de la noche se apreciaban.

Busca de nuevo, mira, espera. Y me abraza, abraza y respira, respira ese olor que poseo, una mezcla entre colonia, fracaso, amor y esperanzas. Y le encanta, le gusta el dulce sabor de mi cuello. Se separa y parece que para el mundo de nuevo.

Comienza a pasar gente. Y dejo de verla durante un segundo. Me invita a fantasear, a jugar, a querer como si fuera la primera vez, a mentir como si fuera la última.

Y caigo de nuevo en el juego, en las redes, en sus ojos. Esos labios, que ya no me susurran se convierten en los verdugos de mis sueños, esos ojos, que antes me brillaban, ahora me queman. Y esas manos, que más de una fría noche calentaron las mías, se dedican a marcar esas distancias, que son como un muro, como una muralla.

Vuelve la sonrisa. No lo puedo evitar, no lo quiere evitar. Enciendo otro cigarro, esta vez me da igual lo que diga, en la segunda calada sus miradas me han hecho tirarlo. En la tercera sus labios me buscaban, y en la cuarta… no sé dónde me encontraba.

Me beso una última primera vez, me sintió una primera última vez. Y se despidió como siempre. Sin decir demasiado, sin mirar atrás, sin preocuparse por las ruinas que dejaba tras de sí.

Así, como siempre, como nunca, como casi siempre. Queriendo sin poder, jugando sin querer, amando sin saber. Sintiendo, sin haber un por qué. Así. Porque sí.


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