Buscó
mi mano entre la noche tratando de apaciguar el frío de la suya. Apenas tardó
un par de segundos en entrelazar sus dedos con los míos. Un escalofrío recorrió
mi cuerpo. Comenzó a enfriar mi mano, y yo, a calentar la suya. Encontramos,
sin quererlo, un equilibrio perfecto.
No
duró demasiado, una mirada se cruzó en nuestro camino. Su mano soltó la mía.
Sus ojos, me rompieron en mil pedazos, y una extraña sensación recorrió de
nuevo todo mi cuerpo. El calor, me invadió, no sé si provocado por la rabia que
sentía, o motivado por la tremenda vergüenza que me invadió, al verla correr
para abrazar a otro.
Me
quedé mirando aquella escena. Viendo, como él, mientras le abrazaba, perdía su
mirada en otras que pasaban por la calle.
Ciegos.
Eso es en lo que nos convertimos, cuando no queremos ver más allá de nuestro
propio orgullo. Perdemos todos los sentidos, en favor de algo, que ni siquiera
ve, oye, o siente. Tan sólo ese corazón, que nos guía hacia un abismo, que
consideramos un paraíso, sabe cuál será el último final.
Y
avanzamos inexorablemente, en contra del tiempo, buscando algo que no existe.
Luchando contra cosas que no podemos vencer. Nos afanamos en seguir buscando,
“el amor”, cuando en realidad lo único que queremos es calentar nuestra cama un
par de noches seguidas, con alguien que no nos llene, pero nos guste. Con
alguien que no recuerde nuestro nombre después de un par de meses. Con alguien,
que buscando lo que buscamos, convertimos en algo. Algo, que acaba dominando el
devenir de nuestros días.
Yo
quiero a alguien. Que no quiera más que quererme, de noche, de día, o cualquier
día…
No hay comentarios:
Publicar un comentario