Así.
Como siempre y como casi nunca. Sentirte extraño en tu propio mundo. Sumido en
una intensa niebla, que apenas te permite ver más allá del extremo de tus
zapatillas. Eso es lo más duro del mundo, ser un desconocido dentro de tu
propio cuerpo y tu propio ambiente.
Hay
cosas peores, no cabe duda, pero esta es una bastante complicada. Y ver que
algo que antes tuviste tan sumamente cerca, ahora ni siquiera puede estar a tu
lado. Es ley de vida, todo pasa por algún motivo, pero no por ello estamos
preparados para ello.
Cambiar.
Esa es una de las mejores medicinas que podemos encontrar ante este mal. Mal de
muchos, de demasiados, me atrevería a decir. Pequeños placeres como el de ver
como ella te mira durante unos segundos y esboza una leve sonrisa, que a ti,
aunque no quieras, hace que se te dibuje esa cara de idiota en tu desastroso
rostro. No lo controlas, tampoco quieres. Lo odias, pero no cejas en tu empeño
por buscarlo. Todo se irá con el cambio. Los problemas y las alegrías.
Pero
no nos queda más que luchar, contra viento y marea. Con lo que más cerca
tengamos, y con todo lo que podamos. Rendirse está prohibido. Pero caer y
levantarse es un bonito ejercicio, para poder ver diferentes perspectivas de
nuestra vida. Esa que a veces, pasa y pesa, mucho, demasiado. Pero… es nuestra.
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