Me
perdí de nuevo en aquellos ojos. Por enésima vez, me quedé embobado
persiguiendo su mirada, sus sueños y sus mentiras. Ahí, inmóvil, sin poder
separar los ojos de aquel punto imaginario en el que nos cruzamos. Y el punto
se convirtió en un lugar real, y yo, bajé mi mirada. Ni tan siquiera pude
mirarla a la cara. El miedo me paralizó durante unos instantes. Volvía a
empezar de nuevo, de cero. Después de meses separados, y sin estar preparados,
volvió el juego a la casilla de salida.
Nunca
me gusto tener que depender de la suerte para poder moverme libremente. No
quedaba otra. Lanzamos los dados al aire, sin buscar un número y nos salió una
pareja de doses. Dulces ironías a las que a veces nos reta la vida.
Por
fin, ambos levantamos la vista del suelo, y nos miramos. Una de esas miradas,
que congela y quema, que es tan fuerte, que puede cortar un cristal. Nada. El
mundo se para un instante, la vida se acelera, el tiempo se desvanece. Tú y yo.
Allí. Así.
Su
rostro, se acercó al mío, tan despacio, que no pude evitarlo. Tus manos, se
iban perdiendo entre mi pelo, las mías entre tus desvelos. Me besaste. Sin
querer. Tampoco supimos muy bien por qué. Y volvió.
Volvió
eso que antes nos faltaba. Tus manos, las mías, tu prisa, la risa, el llanto…
Volviste.
Me
perdí.
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