Las
pupilas dilatadas de tanto mirar sin encontrarte. De verte, y saber que no
estás ahí, que a pesar de estar al lado no estás junto a mí.
Tus
ojos, cansados de llorar, hartos de reír cuando no pueden más que mentir, se
dedican a dejarme ir, a invitarme a marcharme, sin mirar demasiado lo que se
queda atrás.
Tengo
miedo a perderme, pero me da aún más miedo el poder encontrarte. Buscarnos en
una de esas noches tontas en las que de verdad, solo lo importante cuenta. Esas
en las que las mentiras son la única verdad, en las que apenas nos hace falta
hablar para saber que queremos.
Pero
las noches tontas se convierten siempre en días listos, en los que las miradas
sobran, las palabras matan, y los silencios, esos, por suerte, son los únicos
que me dejan entrever que aún me quieres querer.
Tus
labios disparan poco a poco, sin apuntar, sin querer matar ni herir, solo
queriendo huir. Persiguiendo una mentira tan verdad, que es imposible de creer.
Y de pronto, durante tan sólo un segundo vuelves a ser tú. Vuelves a mirar como
si quisieses amar, vuelves a amar como si me quisieses tan sólo mirar.
Pero
pronto te apagas de nuevo, te vuelves de acero y hielo, de viento y fuego, te
desvaneces en tus cicatrices y me dejas allí, de nuevo, sin ti.
Y
así cada noche, cuando nos volvemos a encontrar sin querer, cuando no podemos
sino amarnos hasta no poder más, porque no sabemos que nos deparará el nuevo
sol de la mañana. Así. Ya no te quiero querer, pero no te puedo perder. No te
quiero encontrar, pero no puedo dejarte marchar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario