Rota
por el silencio. Sus labios sellados por las cicatrices del tiempo. Sus ojos,
rasgados de tanto llorar por quien no debía. Sus sentidos, sentados, cansados
de tanto amar por amar, sin querer, por querer demasiado.
El
torso, desdibujado entre las nubes de su cuerpo, negras, de tormenta constante
sobre su dulce piel. La piel, surcada por las heridas que dejaron otros al
querer, o al no querer. Y entre sus piernas, vagan los recuerdos de aquel, que
no pudo ser…
Sus
ojos negros, negros como si se los hubiese dado el demonio. Unos ojos negros,
endemoniados, para un ángel. Simpática contradicción la suya. La voz rasgada,
curtida en mil batallas en las que las palabras, más que liberarla, la hacían
más esclava. Desde aquel momento, las odiaba, apenas las pronunciaba. Decía más
con un gesto o una mirada, que con una palabra bien pronunciada.
Besaba
sin compasión, con emoción. Besaba. Por amor. Creía en querer, y no saber muy
bien por qué. Sabía perder, pero nunca aprendió a ganar.
Rota
por las costuras de su espalda, cosida a base de golpes. Curada con sueños, y
calmada con los pies en el suelo. Así.
Esa
era ella, o es, o quizá nunca haya sido. Ahora mismo, se está poniendo su
vestido negro, unos zapatos de tacón, con los que ir marcando el camino, y se
ha maquillado. Se ha pintado los labios, dispuesta a besar sin esperar algo
más. Sus ojos, gritan mírame, y su sonrisa la delata. Hoy va a matar, y a
morir. Pero… no será por ti.
La
perdiste, cuando te dijiste, aquella frase del maestro Sabina: “cuidado chaval, te estás enamorando”,
con la siguiente, te inmolaste, sin saber que ella, mataría por ti. Te dijiste
que: “enamorarse más de la cuenta era una
mala inversión”. Tan mala era, que ahora, ni mata, ni muere, ni quiere, ni
puedes. La próxima vez, piénsalo bien, quizás morir por el amor de una mala
mujer, merezca más la pena que vivir sin el amor de una buena…
A
ella. A ellas. A todas.
A
ninguna.
“Amar
por amar, querer por querer. Yo ya no quiero, más que verte para saber que pudo
ser…”
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