El
labio partido, la nariz divida, los ojos convertidos al catolicismo, y mi alma
rota por el mismísimo diablo. Recompuesto, a base de whisky y alguna que otra
pastilla. Con un verso en un beso dejo mi hueco a tu lado.
Aún
recuerdo el último amanecer entre tus piernas, perdido, abandonado por mis
sentidos. Dominado por tu amor sin compasión. Por ser la última primera vez,
por aquella primavera que murió en tu piel. Y me encontré, y la mirada de los
dos quebró por la sinceridad. Nos quemamos sin temor al mañana. Y nos
despedimos, fríos, gélidos, tan tú y tan yo, tan poco nosotros como nunca.
Acabé
perdido de nuevo entre vasos y botellas, cartones, historias, y más de una bala
perdida entre mis cajones.
Nos
cruzamos entre la gente, ni nos miramos, nos infiltramos, y apenas hemos pasado
de largo, nos buscamos. Y nos encontramos como dos adolescentes que se lanzan
miradas clandestinas de amor, entre los pupitres. Salpicamos nuestras miradas
de voces, personas y ruidos. Pero somos los dos, como cuando ya no éramos tú y
yo.
Pero
un gesto nos perdió. Otra mano rozó la tuya, y la cogiste sin temor. Y así me
quedé yo. Roto. Desangelado, entre tanta gente que caminaba mientras mi pasado
y mi no futuro, se alejaban. Allí, sin ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario