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22.12.25

Asincronía del Olvido (III)

 Un vacío en mi estómago que nada puede llenar. Un neologismo precioso que jamás volveré a escuchar de unos labios. O la gran aventura de mi vida. 

Supongo, que todas esas cosas son las que concatenadas y alineadas de la manera más imprecisa posible, esto acabe así. 

El verbo latir, proviene del latín glattire, que, literalmente, significa dar ladridos agudos. Supongo, que gracias a eso, puedo encontrarle sentido a esto de aquí dentro. Quizá, esta agitación que siento, no es otra cosa que un maldito corazón ladrando por otro que ya no está. A veces, vibra dentro de mi caja torácica con una fuerza e intensidad desmesurada, moviendo mi pecho de una forma arrítmica y convulsa.

Este fenómeno, a menudo me atormenta tras cruzarme con sus palabras. Nudo en el estómago, golpes fuertes en el pecho, la sangre corriendo a borbotones por mi cuerpo. Se me apagan las palabras, el silencio me estremece y para lo único que quedan estos labios abruptos y hastiados, es para boquear una última bocanada más de aire que me permita seguir ladrando.

En ocasiones, incluso creo que es capaz de aullar, grita sin consuelo, y soy incapaz de controlar su ritmo desbocado. Respiro lento. Vuelta al silencio.

¿Cómo recompones un corazón de una ausencia?

Es imposible. Se convierte en una de esas estrellas errantes, destinada a vagar por el mundo. 

Mi corazón vagamundo no deja de ladrar, fuerte e intensamente, pero quizá ya sea lo suficientemente tarde como para que nadie pueda escuchar.

Asincronía del Olvido (II)

 Aún, cuando cierro los ojos, y, en silencio rebusco entre los recuerdos, te escucho, resuenan tus palabras dentro de mi. Pero siento que se están yendo, qué se escapan de mi mente, y, que algún día jamás regresarán. Qué sufriré la incapacidad de recordar tu acento, tu forma de reír, o esas expresiones tan tuyas. Qué en algún momento olvidaré cómo te movías, cómo andabas o cómo me mirabas. Supongo, que al mismo tiempo, olvidaré cómo era estar a tu lado, qué sentía, o como nos reíamos. 

Y se irá, lo que fue y lo que fuimos. Y cuando se vuelva oscuro, y todo escape de mi memoria, ahí sí, ahí te habrás ido para siempre.

Y yo, que siempre he transitado por esa asincronía del olvido, me encuentro luchando para que se mantenga, para que a pesar del tiempo, jamás te vayas de mi maldito corazón, y que vuelvas a pasar una y otra vez por el.

Hay una teoría que me fascina, es la curva del olvido. Esta, dice que aquellas cosas que nos impactan más, tienden a dejar una huella más profunda en nuestra memoria, y por tanto, somos capaces de recordarlas durante más tiempo. También, si volvemos a un recuerdo con mucha frecuencia, será más fácil que este se mantenga con nosotros. 

Supongo que por eso insisto en recordar una y otra vez, por eso hablo a todo el mundo de ti, para que tu recuerdo, aunque la vida lo borre de mi memoria, perdure en otras personas. 

No quiero que te olvides de mí, porque el olvido siempre significó la muerte la memoria. Y, si te vas de ahí, ya no queda nada.

14.12.25

Asincronía del Olvido (I)

Por definición, un corazón sí puede romperse. Una fuerte emoción, positiva o negativa, puede producir una anomalía en el ventrículo izquierdo, que, si no es tratada a tiempo, puede llegar a producir la muerte. 

Esto, se conoce como síndrome del corazón roto. Así que, si tenemos en cuenta, qué esta posibilidad es real, todo aquello que nos rompe el corazón, podría hacerlo literalmente si el impacto es suficiente. 

Quizá, este sea el motivo principal por el que siento así, por lo que soy incapaz de sentir menos, o hacerlo de una forma más pausada o tranquila. Puede que lo que busque sea eso, un impacto perfecto que de una vez por todas rompa el corazón, no en pedazos, sino con la precisión necesaria para que lo sienta. 

Puede que sea también por esto, que sienta la necesidad imperiosa de enamorirme cada día de mi vida, qué quiera que me explote el pecho cada mañana si ella estuviese a mi lado, y que el simple hecho de verla, sea motivo suficiente para que esto de aquí dentro lata tan fuerte que sienta que es una jodida bomba.

Y, también por este mismo motivo, sé que podría escribir toda la maldita poesía del mundo, y, a pesar de eso, que todos esos versos, maltrechos y despampanantes, jamás estuviesen a la altura.

El problema es que con la primera luz del alba colándose por mi ventana, abriré los ojos, y no estará ahí.

Enamorirse siempre fue la mejor opción, salvo que el impacto, en otro momento calculado, ahora sea suficiente para romper un corazón tan vacío y grande como este que se me va a salir del pecho.

30.8.25

Tristeza

Transito la tristeza como quien camina por unas brasas aún demasiado candentes, que humean al contacto con la piel. Y, espero la crónica de ese dolor anunciado, en un intento desesperado por sentir algo.

Llega, de pronto, a las tres de la madrugada, cuando el mundo calla y la calma aborda mi cama. Entre mis dedos se pierde un recuerdo, que emana de esa tristeza, callada y ausente. Supongo que se ha convertido en esa acotación al lado del texto que nadie lee. 

El personaje, abatido y cansado, exhausto por la ausencia; algo así podría decir la breve acotación bajo mis pies. Y de la nada, ella, y de pronto, nada. Supongo que eso es todo lo que me queda.

Una ausencia larga, un dolor perpetuo, largamente anunciado, y, la esperanza de que cuando llega el alba, todo se va. Se recoloca en un costado y se reconoce ausente durante el día. 

Omitamos la nota al pie.

Transitamos la tristeza siendo cenizas de todo lo que no se fue.

26.4.25

Acrósticos para nadie (V)

Podría enamorarme de leerte. Y yo, dejé que entrase, qué desordenase los recuerdos y que hurgase entre las cicatrices, solo porque era ella. Lo que no sabía es que yo me enamoriría por perderla. Porque los putos neologismos me jodieron la vida. 

Mis labios besables y sus manos amables. El cielo de su boca parecía el cielo de verdad, el único lugar al que volver una y otra vez, hasta morir, entre sus labios, sus brazos o en sus ojos verdes. Porque ahí, entre esa inmensidad, me quedaría toda la vida, si no hubiese perdido su mirada, ahora no estaría vomitando estas palabras de forma compulsiva en un espacio en blanco en el que nadie lee. En el que ella no me lee. En el que ella, los únicos ojos a los que quiero mirar, no me encuentran. 

Y ahora, toda la maldita ciudad huele a ella, cada paso tiene un recuerdo, una imagen, un olor, una jodida sensación que me invade, qué me destroza en silencio y que descoloca mi corazón, ese que ya no intento ni reconstruir, porque roto funciona mejor. Porque total, para qué vas a poner empeño en unir unos pedazos que sabes rotos de antemano. 

Lo rompería una y mil veces más si eso significase que en todas ellas, ella, estaba al otro lado. Si alguien me asegurase que ese maldito dolor estaría justificado por su presencia, me rompería. Acumularía regalos envueltos en rincones que olvido, llamadas sin respuesta, mensajes llenos de lágrimas, y palabras, palabras, palabras, palabras, palabras, porque es todo lo que me queda de todo lo que no fue. Porque lo único que existe, cuando ya nada existe, es todo lo que dejamos escrito. Son los 160 días escritos en cuadernos, los 160 jodidos días que llevo escribiéndole a alguien que no está pero que soy incapaz de olvidar. Tengo más de trescientas páginas llenas de una persona que no está, de una persona que estoy dejando de ser, porque a cada trazo entre esas páginas, me voy deshaciendo de mi mismo, porque ese yo ya no existe si no hay un nosotros. Y ese nosotros, se rompió en mil pedazos un miércoles por la mañana, en lugar aséptico y extraño, en un lugar en el que no quiero volver a pisar. Después de todo, después del todo, la nada. La ausencia, el vacío, la incapacidad irreversible de olvidar a alguien inolvidable. Aunque lamente los besos ahora, volvería a besarte hasta la extenuación, hasta convertir el recuerdo de tus labios en parte de los míos.

La tengo clavada en las pupilas, en las manos, en los labios, en la boca, en la piel, en la vida, en los recuerdos, en el corazón. Yo quizá no era todo lo que debía ser, pero ese amor era todo lo que estaba bien en mi vida, era todo el amor que creo merecer pero que nadie fue capaz de gestionar. Porque era tan grande, tan jodidamente perfecto que parecía irreal. Y joder, duele tanto tener que huir de la realidad cuando nos sobrepasa, que llegados a ese punto somos capaces de cualquier cosa, con tal de volver a ese lugar seguro en el que no nos pasa nada, ni siquiera la vida.

Estoy aquí, enamuriendo por alguien que no está. Podría escribirle cualquier cosa esta noche de abril, por si vuelve, por si aparece, por si algún día el puto miedo no aterra a alguien a quien querría por encima de todas las cosas. Pero no parece ser así.

Si tengo que volver, volveré. Podría enamorarme de leerte.

Podría enamorirme de tenerte.

Al alba, de nuevo, la vida, la triste realidad de despertarse sin ti al lado.

Te quiero. Te lo dejo aquí escrito, por si algún día te vuelves valiente y asumes que esto fue tan real que te dolía.


M.

18.1.25

Acrósticos para nadie (IV)

Soy incapaz de olvidarte. No puedo dejar de pensar en ti, en todo lo que ha sido y lo que podría llegar a ser. Siento que si no lo grito me va a explotar dentro y va a ser una bomba de tristeza que seré incapaz de amortiguar, porque la explosión irá directa al corazón, hasta colapsar cada ápice de mi cuerpo y de mi cabeza. Y no puedo decírtelo al oído, así que tendré que gritarlo aquí, donde ni tú ni nadie podrá leerlo, pero al menos, me librará otro día de la explosión.

Mis dedos tiemblan cada noche al recordar tus lunares, y aún, si entrecierro los ojos, puedo recordar su tacto. La suavidad de tu piel bajo mis manos y tu respiración, pausada y tranquila antes del desastre. 

Lo fatal no sería memorizar un poema sobre el árbol que emana de tu cuerpo, lo fatal es tenerlo clavado en la retina y no poder tocarlo de nuevo. Lo fatal, no es lo mismo para Rubén Darío y para mí, porque yo siempre quise romperme en pedazos. Y al menos un par de pedazos se quedaron sobre aquella cama, engarzados a tu melena, por si algún día me los quieres regresar. Y me completas un corazón maltrecho e inestable, que solo recuerda cómo era latir con tus labios pegados a los míos.

Admiro a quienes no escriben, no lamentan, no besan en sueños y no acarician la soledad en las madrugadas que un mal sueño les hace sentir que aún estás ahí. Que podría volverme en mi cama y encontrarte a mi lado. Como me prometiste. Como nunca se cumplió.

Quizá sea yo, qué no sé ser sin ser así, qué carezco de esos grises de los que todo el mundo habla. Qué me dejo el corazón en unas manos que ya no están. 

Y pasas una y otra vez por mi corazón, casi inerte, hasta el alba, qué por fin, con la luz, ahuyenta los fantasmas. Y confirma la ausencia.

Y duele igual.

Porque tú no estás.

15.12.24

Acrósticos para nadie (III)

 Transito la tristeza como quien camina por los restos de un fuego, aún candentes, sabiendo que está a punto de quemarse pero aún así, no se aleja. 

Soy efímero, volátil y ausente, desgastado, vacío, incoherente, repentino, inerte. 

Como una fría escultura que ni el sol del verano es capaz de calentar. 

Soy la nada. 

Lo más importante y quizá quién menos importe.


Aún siento como arde dentro de mi pecho. 

Lentamente, como si temiese extinguirse por completo. 

Busca los recovecos de mi alma para esconderse. 

Acaricia mis sombras en esas noches más oscuras. 


Y al fin, al alba, un rayo de sol despunta de nuevo, sobre una cama completamente deshecha, en la que su ausencia se vuelve una oscuridad que irrefrenablemente envuelve todo. 

Pero aún queda algo.

Soy el recuerdo, la ausencia, lo que no cumplimos y todo lo que me dijiste. 

Soy un cúmulo de historias que aún podemos cumplir. 

En otra vida, quién sabe si en otros cuerpos, en otros labios. 

En una historia en la que, tú y yo, aún creemos.




M.

30.11.24

Acrósticos para nadie (II)

 Hay cosas que solo te contaba a ti. 

Lo que no sabes es que hay personas a las que solo les hablo de ti. 

Aún pienso en todo lo que no ha sido, como si eso pudiese recuperar el tiempo que no hemos tenido. 

Lógicamente, dejo que todo me pase otra vez por el corazón, esperando encontrar algo distinto, una señal de alarma que me alertase. 

Busco desesperadamente cómo desenredar mis desvelos, para volver a dormir al menos sin despertarme para buscar, a oscuras, tu ausencia. 

Adormecer de nuevo mis labios entre tus constelaciones es lo único que me calma, que me ausenta, y me devuelve a ese estado ilusorio de paz.

Y, si hago caso a eso que dicen, de que los besos son poemas escritos en otros labios... tendría que quedarme sin palabras para poder saciar mis ganas de crear versos a tu lado.



M.

28.11.24

J*derse la vida

Hoy, tras muchos meses sin escribir aquí, vuelvo al abismo de la página en blanco, esperando encontrar algún tipo de alivio en desangrarme en letras. Supongo que es casi imposible que leas esto que tiene como título tu canción en bucle de uno de esos grupos en los que inesperadamente coincidimos, pero siempre me ha servido lanzarme al vacío con la intención de poder cerrar todas esas heridas que no quiero mostrar.

Hace 17 días de una tormenta perfecta, de una calma inhóspita dentro de este cuerpo, supongo que cuando estás en el ojo del huracán no eres capaz de ver que en torno a ti, todo está saliendo volando. Me dijo tantas cosas que apenas puedo recordar todo lo que no dijo, pero es que me lo dijo de mil  miradas, de mil besos, de mil caricias, de tantas maneras que sublimaron mi realidad. 

Fui incapaz de encontrar nada que no quisiese en esos mil setecientos milímetros desde el suelo, me asomaba al abismo de sus ojos verde esperanza, que creí que seríamos capaces de cualquier cosa, que podríamos darle la vuelta al puto mundo si era necesario, porque me sentía invencible. Perdón, NOS sentía. 

Porque supongo que esa era la magia, que desde antes de conocerla ya sentía que nos conocíamos, y todo sonaba tan bien... como esas canciones que desde antes de que comienzan a sonar sabes que van a ser de tus favoritas, sin importar el ritmo o la letra, eso era ella. Quizá podría hacer mía esa frase de: "cuando miré a sus ojos sabía que quería estar ahí toda mi vida". Pues sí, a veces solo necesitas unos días para encontrar a alguien que te explota la cabeza y el corazón, y ese cúmulo de todo lo que fue y de lo que no fue también, lo hizo tan perfecto que podría parecer irreal, y que nos tiene así, a mí, escribiendo compulsivamente para alguien que no me leerá y a ella, a ella... ojalá bien. 

Quizá sus ojos no se posen nunca en estas letras, quizá jamás pueda enamorarse de lo que escribo, pero yo solo sé hacer esto para vaciar mi cabeza y mi cuerpo, volcar las emociones en una página en blanco y lanzarlo al infinito de unas redes en las que cada vez creo menos, y de las que me siento más desconectado.  

Mi boca y mis ojos no pegan, y yo probablemente no encaje en nada de lo establecido, solo por raro, o más bien por poco frecuente. Pero hay algo que sí tengo claro, como dice Carolina Durante, "lo más divertido en la vida es joderse la vida contigo".

Resuena en bucle en mi cabeza como tantas otras canciones y frases, y yo solo dejo que mis dedos se deslicen para escribir algo que no sé si quiero contar. Porque he llenado páginas que jamás nadie leerá, en un cuaderno que escondo bajo mi cama, y que tiene más de ella que de mi. Y lo tiene todo de mi. Porque no hay nada más real en mi que todo a lo que le pongo palabras. 

Y joderme la vida, contigo, seguro que hubiese sido lo más divertido. 

Para ti, aunque jamás lo leas.


M.

Acrósticos para nadie


Aún escucho los cristales que albergo dentro de mí. 

Languidezco ante tantos recuerdos.

Busco entre el corazón y la herida un pequeño recoveco en el que pararme y observar.

Atosigo a mi corazón, para que pueda bombear la sangre suficiente para poder llevarse esos recuerdos, y mantenga mi cabeza estéril y vacía.

Y aún así, entre el latido y la herida, el pulso imperfecto y la ausencia, te encuentro.

Llega la noche, y cada giro de insomnio vuelve a traerme el ruido de cristales rotos.

Ni el corazón ni el recuerdo, yo solo sé lamentar tu ausencia desmedida, impertérrita y cuidada.

Siempre elegiré la herida, al menos de la cicatriz uno jamás se olvida.



M.

8.1.23

Todas las veces que no lo dije

Querida nadie:

He vuelto a leer la historia que escribí, esa historia que nos empeñamos en destrozar a base de malas decisiones. Te sigo viendo feliz en las fotos, seria, como siempre, y con los ojos brillantes. Supongo que tienes todo aquello que deseas. Y supongo, que para que los sueños de unos se cumplan, es necesario que se rompan los de otros, por eso de mantener el puto universo equilibrado. Como si a alguien le importase de qué va lo que hay ahí fuera, si es incapaz de entenderse aquí dentro. No nos hemos cruzado en más de mil días, y aún tengo la esperanza de salir y ver tus enormes ojos entre la multitud. Que no me veas, pero que mi olor se cruce en tu camino y durante un segundo me pienses. Porque puede que ese sea el único consuelo que me queda, pensar que me piensas.

Creer a ciegas en ese puto hilo rojo, montado en un coche, sin frenos, excediendo todos los límites de velocidad y pensando, que después del puto precipicio, seguirás estando ahí. Y quizá, solo quizá, ese maldito pensamiento me aliente para joder el puto equilibrio del universo y cumplir mis sueños sin romper ninguno más. Es una acción kamikaze, de una locura irreversible, supongo. Porque nadie pasaría mil días aferrado a algo que apenas duró unos instantes. Pero como siempre, me empeño en ser el defensor de todos los putos imposibles, porque yo creo. Creo con una fe ciega en todo. En que todo es posible si nos arriesgamos, si lo deseamos con suficiente fuerza.

Aunque las mías flaquean, creo que están próximas a la extinción. Pero sigo hablando de ti como si lo hiciese del amor de una vida. Y eso no sé pararlo. Porque te vas mitigando, como un dolor crónico, con el que te acostumbras a vivir, hasta que se hace prácticamente imperceptible, o hasta que destroza todo y no queda más remedio que mirar de dónde viene. Y aunque cada vez lo noto más lejano, a veces vuelve con una fuerza inexplicable y me atenaza a esa mal llamada zona de confort. Porque quedarme ahí nunca fue mi opción, tú me empujaste a extender ese pequeño círculo a algo más grande, y aún pienso que soy capaz de todo.

Supongo que te has ido. Porque es lo que debías hacer, lo que siempre debiste hacer. Y yo, a veces siento la irrefrenable necesidad de escribirte, cuando no puedo más, pero consigo frenar a tiempo el impulso. También las ganas. Aunque siempre me quede con ellas.

Es quizá la última vez que escriba aquí, o quizá no, pero llevo diez años ininterrumpidamente escribiendo palabras vacías que no llegan a nadie, y supongo que el que podría ser el último, debía ser para nadie.

Aquí yacen unas últimas palabras, porque parafraseando a Zahara “al llegar ni me miraste”, pero jamás podremos ser unos más de cientos.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

Con las ganas.


15.8.22

La última vez

 Querida nadie:

Tengo tantas cosas que decir que parece imposible que haya pasado tanto tiempo, pero hace algo más de un año que no me dedico a rellenar páginas en blanco con lo que escapa de mi cabeza, supongo que está tan ocupada llenando los huecos que dejas que no puede proveerme de palabras para decirte. Supongo que no es algo que me pase a menudo, porque, aunque soy un estúpido que es incapaz de comunicarse verbalmente, las palabras siempre me han hecho caso. Era uno de tus superpoderes, dejarme sin habla.

Precisaba de un atisbo de inspiración, y tras un largo tiempo pensando cómo enfrentarme a esta última página en blanco para ti, ha llegado el momento en el que al fin desisto. Se acabó. He borrado nuestras conversaciones, cambiado mi fondo de pantalla y hasta he eliminado los recuerdos de imágenes que quedaban en mi móvil. No dejaré de pensarte, pero sí de escribirte. Ya no me queda absolutamente nada. Igual que tú, ya no estás.

Quiero decirte que quizá necesitaba esto, romper con todo para hacerme saber que siempre fue un imposible. Para reafirmarme que nunca importó el tiempo ni la distancia, ni siquiera el puto hilo rojo que nos une, porque está destrozado, hemos tirado tanto de él en direcciones tan opuestas que se ha deshilachado por completo y es imposible reconstruirlo.

Mil días, yo no tardé diecinueve como Sabina, sino mil días. Y creo que aún más noches, pero eso es lo que duró, un instante. Tengo un nudo en el estómago y la garganta a punto de deshacerse en lágrimas. Pero aún me quedaban suficientes palabras para terminar aquella historia en la que solo estábamos tú y yo. Y la terminé, con el mismo silencio que nos une.

Siempre pensé que, en algún momento, en alguna vida, en otro instante, nos volveríamos a encontrar, no sé muy bien para qué, porque está claro que nunca fuimos lo suficientemente valientes para nada, pero tenía esa certeza. Ahora, novecientos cincuenta y seis días más tarde, creo que ya no será posible. Por mucho que cierre los ojos y encuentre los tuyos, yo ya no puedo más.

Me dijeron tantas veces que era un imposible, y yo solo pensaba en que como mucho sería improbable, pero que podía pasar. Por todo eso no podía parar de escribirte, de pensarte, de mirar una y otra vez aquella foto de un atardecer y pensar que nunca había sido tan feliz con tan poco.

Cuando te fuiste perdí todo lo que tenía, todo. Porque significabas eso, eras la persona en la que me refugiaba incluso cuando no podía más. La persona que era capaz de empatizar tanto conmigo que lloraba mis penas. Y desde que no estás, eso es mucho más difícil, te diría que casi imposible, pero es lo que pasa cuando empiezas a jugar con fuego, puedes acabar ardiendo y perder absolutamente todo.

También eras la única capaz de pararme el mundo cuando me mirabas, como si nada más existiese. Y lograste que, por una vez, en unos instantes, me olvidase de mantener los ojos abiertos mientras besaba a alguien. Me paraste el corazón y lo empujaste de nuevo a latir, sincronizado con el tuyo, un corazón en dos cuerpos latiendo al unísono. Ahora el mío está totalmente desacompasado y no se acelera antes de verte, ni se calma en cuanto te ve aparecer. Ya no sabe ni cómo debe latir.

Podría decirte que ya no te escucho cuando suena Zahara, que no escucho tu versión de con las ganas mientras conduzco o alguna madrugada que no puedo dormir, o que no me pongo nervioso pensando que podrías escribirme o que una de tus historias de mejores amigos tiene algún mensaje para mí. O un tweet.  O un simple hola. O cualquier maldita cosa. Porque lo echo terriblemente de menos, nadie.

Y a pesar de todo, ya no voy a escribirte nunca más aquí. Porque hoy firmo la rendición, desisto y abandono. Yo que jamás dejo nada a medias, ni voy a medias tintas, no puedo más. Es una terrible agonía no poder decirte algunas cosas porque no debo escribirte, o no poder presentarme con rayito bajo tu ventana, decirte que bajes e ir al castillo, para que llores por mi y te vayas con una sonrisa para que no me ponga triste. Y que desde lejos me sonrías. Que, a dos centímetros de mí, me mires, pares el mundo, me sonrías y todo vaya tan despacio que no quiera irme jamás. Pero ya no nos queda nada de eso. Lo perdimos todo.

Yo tan solo quería eso, perderme contigo y en ti, no perderte a ti y a mí. Conseguí justo lo contrario.

Han pasado casi mil días desde aquella noche que se nos hizo amanecer, sigues viviendo en mi cabeza a pesar del silencio. Sigues siendo, aunque no estés. Y seguramente, aunque no lesas esto jamás, yo seguiría perdiéndome en tus pupilas una y mil veces más. Aunque tú no. Aunque ya no. Aunque yo nada. Y tú, siempre, todo.

Hasta siempre, chica de las constelaciones.

Siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre.

 

1.5.21

Ex Nihilo Nihil Fit.

Querida nadie:

Vuelvo a quedarme dormido pensando en ti. Y no sé si es como dicen, que si te quedas dormido pensando en alguien esa persona sueña contigo, pero sea como sea, vuelves a ser el primer y el último pensamiento del día. Me gusta y me asusta casi a partes iguales. A veces estar roto es sinónimo de reconstrucción, de nuevo comienzo, de algo que está por llegar. Pero yo me siento roto, en mil pedazos, incapaz de reconstruirme. Y no sé si quiero huir lejos de aquí o encontrarme contigo y saltar al vacío. Aunque seguramente lo que acabe haciendo sea esconderme y sobrevivir esta ausencia, que poco a poco, me va apagando.

Ciertamente yo no sé mucho de casi nada, pero reconozco un alma que cambia vidas. Y sí, unos cuatrocientos y pico días después, aún sigo pensando que nunca me he encontrado una como la tuya. Me arde la boca del estómago y se me acelera el pulso cuando me llega una notificación tuya, muy de vez en cuando, muy de nunca en siempre. Cada vez menos, aunque tan viva esa conexión como cuando el contacto era incesante.

¿Alguna vez has pensado en qué hubiera pasado? Es una pregunta de mierda, como casi todas las preguntas, pero supongo que tenía sentido. Yo sí, y me parece tan utópico que no puede ser cierto. Así que ahora prefiero pensar en que, si se acabase el mundo, en este instante, aunque añoraría todo lo que he vivido y todo lo que queda, por fin pararía este caballo desbocado que me late en el pecho. Y que por mucho que lo intente, en silencio me susurra un nombre, y siempre es el mismo, nadie.

Pero ya no sé. Supongo que es tan difícil como hacer un sueño realidad. Algunas veces, paso por aquel lugar en el que pasábamos las horas, y miro hacia arriba, por si estás ahí, esperando a que llegue, para bajar con una sonrisa y mirarme como si no hubiese nada más. Porque al final es lo que sentía, evadirme del mundo, estábamos solos tú y yo, aunque estuviésemos rodeados de gente.

Hay almas destinadas a encontrarse. Y hay corazones que laten al mismo ritmo en dos cuerpos, en dos vidas y en dos futuros distintos, pero que siempre, siempre, siempre, van a latir al unísono. No sé dónde está el jodido hilo rojo. Pero si lo encuentras. Si nos une. Agarra bien fuerte ese hilo, que no sé ni cómo, ni cuándo, ni dónde, pero estaré siempre al otro lado. Resuelto a aferrarme a él, y no soltarlo jamás.

Ex nihilo nihil fit. 

Y aunque desaparezca, mi nada siempre será tuya.

1.2.21

Despertar en tus pupilas.

Querida nadie:

Rompo la pulcritud de esta página para ponerte en letras lo que mi alma no cesa de convertir en sangre, que inunda mi cuerpo y me sabe a metal helado. Tus recuerdos se están enturbiando, quizás sea el paso del tiempo, que borra mi historia, a sabiendas de la importancia que tiene, para que pueda tomar aire y por fin, respirar, sin olerte.

Seducen tus recuerdos mi memoria, tratando de avivar mis lágrimas, para que no dejen de brotar. Como si esperasen que creciese un maldito árbol al rozar el suelo, cuando en realidad ni siquiera se acercan al filo de mis labios. Y una vez que brotan las lágrimas, me derrumbo, pero tu recuerdo me sigue reconstruyendo, al igual que lo hacían antes tus palabras.

Esas, que ahora son tan frías y distantes, dos desconocidos, tan parecidos, que parecen conectados, pero desconocidos, a pesar de todo, o por todo lo pasado, dos almas, cuyos cuerpos insisten en mantener a distancia.

Para no colisionar. Para que no empiecen a crear ese maldito terremoto que cometían al acercarse. Supongo, que como siempre me decías, la distancia tiene un motivo, una razón, y creo, que después de todo la he comprendido. Alejarse para no entrar en combustión.

Siguen cayendo en mis manos letras que me recuerdan a ti. Historias imposibles que pasan, desconocidos que se cruzan y ese jodido hilo rojo que lo une todo. Yo lo he sentido. Lo tengo cosido al corazón, y en cada latido que da, siento como tira de mí. Los dos conocemos el destino, fatal y aterrador. Estoy a punto de arrancar todo dentro de mí, dejar que se desboquen mis latidos y quemar ese maldito hilo.

Todo para que te llegue la combustión. Para que sientas el calor de mi alma dentro de tu pecho. Si es que esa historia es cierta y nos une. Quizá no. Quién sabe si sí. Ojalá.

Y aquí estás de nuevo, un alma en dos cuerpos, latiendo al unísono, desenfrenadamente acompasadas, aunque distantes.

Siempre supiste encontrarme en los peores momentos. Y ahora, que retumba en mis oídos una canción que tú y yo sabemos. Sólo puedo decir que sí, que ni te miré, pero que ahora, lo único que quiero, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, es mirarte a los ojos.

Y no despertar jamás de esas pupilas.

 

12.12.20

Siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre.

Querida nadie:

Setecientos dieciséis mensajes favoritos más después, te escribo. Te escribo porque siento que este es mi método para poder vaciar mi cabeza, aunque no me leas. Quizá ya no lo hagas. Hace doce meses, es probable que estuviésemos sentados en un coche hablando hasta la madrugada, quizá sonriendo. Supongo que ninguno de los dos esperábamos este jodido 2020, loco como ninguno. Aunque como siempre me decías, odio este año desde el mismo momento en que empezó.

Pero hay algo que siempre nos queda, y es que preveo que volverás a ser, a pesar de todo, lo mejor de este jodido año. Y que a pesar de ser trescientos sesenta y seis días los que iba a apostar por algo que tengo la certeza de que no pasará, seguramente siga, otros trescientos, tres mil, tres millones, o toda la vida.

Solo quiero. No abrir los ojos mañana, y que fueses lo último que viese. Pero temo que no podré cumplir ese macabro deseo que me atormenta, desde hace tanto, que me he acostumbrado a vivir con él. Suena Leiva, Superpoderes, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre. Y ya no sé cuántas eses tengo que poner para que pienses que has recibido rosas cuando son letras.

Estoy loco. Quiero abrirme el pecho y ver cómo me late el corazón. Quiero borrarme la memoria. Quiero retroceder en el tiempo y volver a mirarte por primera vez. Quiero quedarme atrapado en un recuerdo. Quiero. Cerrar los ojos. Y despertar a tu lado.

Quiero imposibles y por eso estoy loco. Porque nadie en su sano juicio apuesta por la locura, por perder cuando no tiene nada que ganar. Nadie, excepto yo. Yo quiero releer conversaciones hasta el amanecer, escribirte eternamente, aunque no tenga respuesta.

¿Cómo es posible? ¿Cómo puedes con tan solo eso y después de tanto tiempo? Pues no lo sé. No sé qué clase de brujería, o de sentimiento se apodera de cada conexión nerviosa, de cada latido, de cada terminación neuronal, que cada vez que veo una de tus fotos, dos palabras para mí, se me sigue erizando la piel. Parando el corazón. Temblando el alma.

Querida nadie. Sigo amaneciendo necesitando darte respuesta a todo aquello que nunca me preguntarás. Pero por si me lees, por si aún queda un ápice de esperanza en que encuentres estas letras. Nunc et Semper. Ahora y siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre.

Por si me lees, querida nadie, te sigo prequeriendo. Ojalá.

19.9.20

Nunc et Semper

Querida nadie:

Te escribo porque no puedo escribirte. Llevo horas pensando en ti, sin cesar. Supongo que oír el repicar de la lluvia en los cristales y pensar en esa agua cayendo pero contigo a mi lado en el coche evoca cosas que son imborrables. No dejo de mirar tus fotos, de escribir y borrar continuamente, de ver tus redes sociales, a ver si te encuentro.

Nadie, estás tan clavada dentro de mi corazón que apenas sé cómo sacarte de ahí si no es arrancando de cuajo mis latidos. Supongo que este dolor de nada y estás ganas de ti no se irán tan fácilmente. Escribir es mi única manera de escribirte y me estoy dejando el alma en estas malditas letras. Salen a borbotones de mis manos y mi cabeza no es capaz de gestionarlas todas. Tienen un destino, tus pupilas, y estoy loco por intentar conquistarlas.

Sí, loco, que soy un loco. Pero las mejores personas lo están y supongo que una locura sostenida, apoyada y fundamentada es tan bonita como una cordura sobrellevada por la sociedad. Un amor loco, una historia loca y mi nombre retumbando por unas escaleras que quizás nunca más nos vean allí, unidos, comiéndonos los miedos y creando sueños, inertes, inalcanzables.

¿Me puedes explicar cómo llegaste hasta aquí? ¿Por qué sigues aferrada a este maldito corazón que no sabe latir si no es por ti? Joder. Tengo un nudo en el estómago, las pulsaciones disparadas y los labios temblando. Te recuerdan mis ojos y se deshacen en lágrimas. Hace tanto tiempo que no soy contigo, que ni recuerdo lo que era sin ti.

Quiero escribirte. Quiero gritarte al oído susurrando que si estás cerca lo tengo todo. 

Quiero poder decirte todo lo que nos hemos perdido. Nadie, tengo un hueco aquí al lado de mi corazón, con los restos que dejaste. No sé si soy capaz de reconstruirlo, pero sin duda siempre me faltará esa pieza que te llevaste. Tengo que confesarte que no era una, son demasiadas, y sin ellas esto no funciona. He probado a mantener todo alejado de ti, de tu recuerdo, de nuestros recuerdos. Soy incapaz, nadie.

No puedo más.

Esto es una declaración de intenciones. Necesito volver, aunque sea un instante, a saber que tienes esa sonrisa al otro lado de la pantalla. O a encontrarnos a más de dos metros de distancia, a vernos sin asumir que nos hemos visto. O volver a volver. Volver a donde una vez vimos el atardecer, sin saber que sería el último. 

Quizás yo sea un error. El fango al que te lleva la vida para darte cuenta de lo alto que puedes llegar. Pero sólo quiero verte volar. Tan alto, lejos y fuerte como puedas. 

Porque, querida nadie, nunc et Semper, ahora y siempre estaré atento a esas alas.Querida nadie, te echo de menos y te escribo porque me mata no poder escribirte.

Y supongo que las personas, al igual que las cosas, las importantes, no se ven, solo están y permanecen. Siempre anhelamos nuestros deseos rezando alcanzarlos.

Yo permanezco, ahora y siempre.

Nunc et Semper.


M.

28.7.20

AlaS de Cristal


Querida nadie:
Acabo de leer que la gente tarda una media de entre seis meses y dos años en superar a alguien de quien se ha enamorado. Ahora comprendo que todo eso que había sentido antes no era más que una vaga intención de algo semejante al amor. Creo que esa media de tiempo la superaré con creces. Me ardes en el pecho y en el recuerdo, dudo que te vayas a borrar en un tiempo tan breve. Aunque supongo que yo desapareceré mucho antes de tu memoria y tus recuerdos, pero si de algo sirve todo esto, espero que sea para que al menos durante un segundo me recuerdes, como un cometa. Supongo que fui, soy y seré, fugaz y frugal. Breve, como una estrella fugaz, de esas que si tienes la suerte de ver, pides un deseo. Tú siempre serás el mío.
Eres mi cometa, te estrellaste en mi pecho y de ahí no saldrás jamás. El amor se aprende a superar, o mejor dicho, a convivir con la ausencia, pero nunca se olvida. Me pusiste en órbita, me impulsaste hacia el vacío y decidiste que saltar conmigo era una buena opción. Me aprendiste y enseñaste, y todo eso es imborrable. Supongo que al mismo tiempo te has convertido en inmarcesible, da igual el tiempo que pase que esta sensación que me arde el pecho, me enfría las manos y me anuda el estómago al verte no se marchitará jamás.
Mi suerte es encontrarte seria en las fotos y oírte reír a carcajadas. Como cuando te tapas la boca avergonzada mientras te ríes, pensando que eso estropea la escena, cuando en realidad es parte de tu encanto. O quizás, otro de mis momentos favoritos es cuando ese pelo revoltoso, de leona, como me dices muchas veces, se rebela y se descuelga para dejar tapado uno de tus ojos. Y aunque no lo vea, saber que esa pupila está clavada en mí me sigue haciendo estremecerme, ponerme nervioso y no saber dónde mirar. Porque aprendí a mirarte, sin miedo a los ojos, porque tienes esa maravillosa habilidad de desnudar almas, y la mía se desprendió de su coraza a una velocidad abismal frente a ti.
Quizás en dos años, en siete o en once, da igual el tiempo que pase, haya aprendido a convivir con esa chispa que se me enciende cada vez que cambiamos unos mensajes, o con ese cosquilleo si paso cerca de aquel aparcamiento, o con la estúpida sonrisa que se me dibuja en cuanto veo una foto tuya. Supongo que sí, que aprenderé a que eso siga siendo un reflejo de todo lo que se mueve aquí dentro, pero no lo sé, simplemente espero que así sea.
Buscar el amor es una distopía. El amor, llega, te destroza el alma, te rompe el bazo, te quema el bulbo raquídeo, la hipófisis, te ensancha las arterias del corazón y te gasta vida, porque cada vez que se me aceleran los latidos estoy un poco más vivo, pero más cerca de la muerte. Ojalá gastarlos todos, acompasados, veloces, irreverentes… pero a tu lado.
Así que, querida nadie, me sigues robando latidos. Creo que es maravilloso. Algo arde en mi pecho, deben ser los restos de tu cometa que siguen iridisciendo mis pupilas, incluso cuando no me miras.




20.7.20

S.ideral


Querida nadie:

¿Eres consciente de la importancia de Zahara? Tengo la extraña necesidad desde hace más de dos años de visitar esa zona de España, porque tiene algo que me atrae poderosamente y me llama la atención. Supongo que poder poner a Zahara en Zahara tiene que ser lo puto más.

Hoy bordeo el abismo, este réquiem constante que me inunda está a punto de desbordarme por completo, creo que ya ha brotado por mis pupilas lo suficiente por hoy. Supongo que esa idea de por fin dejarme caer en el abismo tras tantas veces asomándome al precipicio debe ser bastante salvadora. 

La pena y el miedo me invaden, creo que quizás sea el momento de dejarse caer. Todo esto lo podría firmar cualquiera, pero es que hoy es veinte de julio y no tengo tu sonrisa para mitigar mis penas, y eso sí que es bastante complicado.

La he vuelto a escuchar, de tu voz, y sigue sonando tan bonita y tan triste como la primera vez que allá por el dos mil diez, cuando la escuché. Justamente, cinco años antes, ella grababa sin cortes una canción desgarradora. Y yo, empezaba mi propia película que avanzaba vertiginosa hacia el vacío. Tener un hueco dentro del cuerpo que alguien haya dejado con su ausencia es imposible de llenar. Si alguien te dice que el tiempo lo cura todo, nunca lo creas, simplemente mitiga la nostalgia y la pena.

Te siento a flor de piel. Ahora mismo uno de esos abrazos infinitos de los que no me quería despegar, seguramente acelerarían mis latidos, ya sabes que deseo que se acompasen con los tuyos, y encendería ligeramente esa calidez que intento que no se apague dentro de mí.

Hoy tú tampoco estás. Y sigo echando de menos tu risa. Y tus miradas, incluso esas pensativas que lanzas mientras construyes rápidamente una respuesta en tu cabeza. También añoro tu constelación.

En el cielo hay dos estrellas, Vega y Altair, dos amantes que viven separados durante todo el año y que una noche se reencuentran, todos los siete de julio, se unen durante unas horas. Quizás sobre tus labios se encuentren estos amantes, tan cercanos y a la vez tan lejos. Puede que este mes, dentro de todas las penas, tenga algo especial, quizás porque nos encontramos hace doce lunas. O puede que sea porque dos amantes que tienen que vivir separados durante el año se reencuentran una noche.

Ni una distancia sideral, ni todo el maldito firmamento me harían soltarme de tus manos.

Tú eres una constelación.

Y yo solo quiero unirte las estrellas.



Veinte


Vuelve a ser 20. Supongo que es complicado olvidar un día que tienes grabado a fuego en la memoria. Recuerdo esos malditos rayos de sol entrando por las ventanas de casa e iluminando todo, y estar sentado en esa cama que hace años se llevó las lágrimas consigo, rodeado de gente que ahora tampoco está.

Al menos fue un día soleado, supongo que le diste toda esa luz al maldito sol y por eso brillaba tanto. Me quedé sin palabras, sin la capacidad de reaccionar ni de llorar. Creo que una pequeña parte de mi alma se fue contigo.

Me aterra pensar que he pasado la mitad de mi vida con tu recuerdo y no contigo. Siento esa absurda impotencia de haber perdido a alguien que debería haberme visto crecer más. Supongo que todo eso nos lo perdimos. También me gusta pensar que aún me escuchas, que observas atentamente cada uno de esos pequeños logros que voy conquistando. Espero que te sientas orgulloso de ver en quién me he convertido, eso sí que sería un gran logro.

Aún puedo cerrar los ojos y notar como tus brazos se aferraban a mi pequeño cuerpo, fundiéndote de alguna manera con tu alma. Sigo teniendo tu piel, tus ojos y tus maneras, supongo que vives también aquí. Y eso me hace tremendamente feliz.

Mis días suelen apagarse hablando contigo, esta cabeza no quiere dejar pasar ni un recuerdo de todos los que nos dio tiempo a crear. Y al final, siempre acabo viendo más claras las cosas cuando dentro de mí te explico todo. Supongo que es mi propia terapia para poder sobrevivir. Porque eso es lo que hago desde que no estás, voy sobreviviendo, intentando cumplir cosas que me propongo e intentando ser quien quiero ser y de quien a buen seguro estarías orgulloso.

Hoy bordeo el abismo en otro maldito veinte, siempre he tenido miedo a caer. Pero cuando mis pies coqueteaban con precipitarse al vacío, aparecía uno de esos recuerdos que me decía que no podía rendirme. Aún no. Todavía no.

Han pasado quince años y sigue doliendo como si hubiese pasado un minuto. Oigo el ascensor abrirse en nuestra planta.

Ojalá seas tú.

19.7.20

De mil miradas

Querida nadie:

Hoy te escribo porque temo que te estés volviendo una desconocida. Supongo que el inexorable paso del tiempo tiene consecuencias, el olvido es una de ellas. Quizá, el tiempo y el espacio confluyan para dibujarme de nuevo en tu camino, supongo que nunca lo podré saber. Evidentemente, todo este tiempo de ausencia, obligada, me hace recordar otros momentos, de cuando era feliz, vaya.

Y debo confesar. Te escribo porque te echo terriblemente de menos, pero mi maldita cabeza me dice que te deje marchar, porque al fin y al cabo, soy esa inestabilidad emocional, esa maldita montaña rusa que te ha agitado, de una u otra forma la vida.

Echo de menos tu risa descontrolada, tu sonrisa desde lejos y aún más tu sonrisa a medio metro de mi cara o a medio centímetro. Echo de menos tu mirada viva, tu maldito océano encerrado en tus ojos, ver cómo te emocionas con mis penas, que compartimos. Echo de menos ver tus pupilas brillar al mirarme, tus párpados caer y esa sonrisa de tus ojos, que debo decir que es preciosa.

Supongo que son anhelos estúpidos de quien no puede estar con quien desea estar. Puede que todo aquello que fue sin ser, haya sido lo mejor que me ha pasado jamás. Echo de menos tus estrellas y esa maravillosa constelación que convierte tu cuerpo en firmamento. Y sí, sigo queriendo nombrar cada una de tus estrellas para poder recordarlas cada vez que las yemas de mis dedos se deslicen por tu cuerpo.

Aún recuerdo el instante perfecto. Unos ojos enormes, una sonrisa amable y unas ganas tremendas de comerse la vida. También recuerdo cómo te queda el sol de diciembre sobre tu melena de leona. Y esa luz artificial sobre tus rasgos en cualquier noche, de madrugada, en una ciudad dormida. Supongo que me diste tantos sueños que me quitaste las ganas de dormir.

Me has regalado letras, permitiste que reflejase esa luz tan tuya. Siempre atrajiste nuevas definiciones realmente alucinantes a mis manos. Pasé de citarte Extremoduro a quedarme con las ganas y con Zahara. Y a partir de ahí, me diste esas alas de luz para reescribir el mundo a través de la magia de tus ojos.

Escribir me ha salvado muchas veces, seguramente muchas más de las que me atrevería a contar, porque nunca admitiré todos esos miedos que se comen las páginas en blanco, pero contigo no me salva. Me hunde en el recuerdo, me eriza la piel, me inunda las pupilas de unas lágrimas a veces tristes, otras alegres, y me lleva a todos esos instantes en los que por un momento, parábamos el mundo y se volvía un lugar mucho más plácido y tranquilo.

Tengo un hueco en el pecho, supongo que es tu recuerdo. Arde, no se ha apagado. Y te siento, aquí, anclada a mis costillas, buscando un refugio en el que quedarte a vivir. Aún no sabes que tienes un corazón entero para quedarte a vivir.

Ayer leía que las células que componen el corazón laten a su propio ritmo cuando se separan unas de otras, pero que cuando vuelven a unirse, se sincronizan. Afirman, que eso podría ser una explicación del amor, que ambos corazones se sincronizan y comienzan a latir al mismo ritmo. Tu ausencia me ha dejado un corazón arrítmico.

Vuelve.

Supongo que no encontrarás estas letras especialmente interesantes, pero debo confesar que me encantaría que este maltrecho irrigador de sangre y oxígeno se desbocase al ritmo de tus latidos.