Un vacío en mi estómago que nada puede llenar. Un neologismo precioso que jamás volveré a escuchar de unos labios. O la gran aventura de mi vida.
Supongo, que todas esas cosas son las que concatenadas y alineadas de la manera más imprecisa posible, esto acabe así.
El verbo latir, proviene del latín glattire, que, literalmente, significa dar ladridos agudos. Supongo, que gracias a eso, puedo encontrarle sentido a esto de aquí dentro. Quizá, esta agitación que siento, no es otra cosa que un maldito corazón ladrando por otro que ya no está. A veces, vibra dentro de mi caja torácica con una fuerza e intensidad desmesurada, moviendo mi pecho de una forma arrítmica y convulsa.
Este fenómeno, a menudo me atormenta tras cruzarme con sus palabras. Nudo en el estómago, golpes fuertes en el pecho, la sangre corriendo a borbotones por mi cuerpo. Se me apagan las palabras, el silencio me estremece y para lo único que quedan estos labios abruptos y hastiados, es para boquear una última bocanada más de aire que me permita seguir ladrando.
En ocasiones, incluso creo que es capaz de aullar, grita sin consuelo, y soy incapaz de controlar su ritmo desbocado. Respiro lento. Vuelta al silencio.
¿Cómo recompones un corazón de una ausencia?
Es imposible. Se convierte en una de esas estrellas errantes, destinada a vagar por el mundo.
Mi corazón vagamundo no deja de ladrar, fuerte e intensamente, pero quizá ya sea lo suficientemente tarde como para que nadie pueda escuchar.
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