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18.1.25

Acrósticos para nadie (IV)

Soy incapaz de olvidarte. No puedo dejar de pensar en ti, en todo lo que ha sido y lo que podría llegar a ser. Siento que si no lo grito me va a explotar dentro y va a ser una bomba de tristeza que seré incapaz de amortiguar, porque la explosión irá directa al corazón, hasta colapsar cada ápice de mi cuerpo y de mi cabeza. Y no puedo decírtelo al oído, así que tendré que gritarlo aquí, donde ni tú ni nadie podrá leerlo, pero al menos, me librará otro día de la explosión.

Mis dedos tiemblan cada noche al recordar tus lunares, y aún, si entrecierro los ojos, puedo recordar su tacto. La suavidad de tu piel bajo mis manos y tu respiración, pausada y tranquila antes del desastre. 

Lo fatal no sería memorizar un poema sobre el árbol que emana de tu cuerpo, lo fatal es tenerlo clavado en la retina y no poder tocarlo de nuevo. Lo fatal, no es lo mismo para Rubén Darío y para mí, porque yo siempre quise romperme en pedazos. Y al menos un par de pedazos se quedaron sobre aquella cama, engarzados a tu melena, por si algún día me los quieres regresar. Y me completas un corazón maltrecho e inestable, que solo recuerda cómo era latir con tus labios pegados a los míos.

Admiro a quienes no escriben, no lamentan, no besan en sueños y no acarician la soledad en las madrugadas que un mal sueño les hace sentir que aún estás ahí. Que podría volverme en mi cama y encontrarte a mi lado. Como me prometiste. Como nunca se cumplió.

Quizá sea yo, qué no sé ser sin ser así, qué carezco de esos grises de los que todo el mundo habla. Qué me dejo el corazón en unas manos que ya no están. 

Y pasas una y otra vez por mi corazón, casi inerte, hasta el alba, qué por fin, con la luz, ahuyenta los fantasmas. Y confirma la ausencia.

Y duele igual.

Porque tú no estás.

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