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26.4.25

Acrósticos para nadie (V)

Podría enamorarme de leerte. Y yo, dejé que entrase, qué desordenase los recuerdos y que hurgase entre las cicatrices, solo porque era ella. Lo que no sabía es que yo me enamoriría por perderla. Porque los putos neologismos me jodieron la vida. 

Mis labios besables y sus manos amables. El cielo de su boca parecía el cielo de verdad, el único lugar al que volver una y otra vez, hasta morir, entre sus labios, sus brazos o en sus ojos verdes. Porque ahí, entre esa inmensidad, me quedaría toda la vida, si no hubiese perdido su mirada, ahora no estaría vomitando estas palabras de forma compulsiva en un espacio en blanco en el que nadie lee. En el que ella no me lee. En el que ella, los únicos ojos a los que quiero mirar, no me encuentran. 

Y ahora, toda la maldita ciudad huele a ella, cada paso tiene un recuerdo, una imagen, un olor, una jodida sensación que me invade, qué me destroza en silencio y que descoloca mi corazón, ese que ya no intento ni reconstruir, porque roto funciona mejor. Porque total, para qué vas a poner empeño en unir unos pedazos que sabes rotos de antemano. 

Lo rompería una y mil veces más si eso significase que en todas ellas, ella, estaba al otro lado. Si alguien me asegurase que ese maldito dolor estaría justificado por su presencia, me rompería. Acumularía regalos envueltos en rincones que olvido, llamadas sin respuesta, mensajes llenos de lágrimas, y palabras, palabras, palabras, palabras, palabras, porque es todo lo que me queda de todo lo que no fue. Porque lo único que existe, cuando ya nada existe, es todo lo que dejamos escrito. Son los 160 días escritos en cuadernos, los 160 jodidos días que llevo escribiéndole a alguien que no está pero que soy incapaz de olvidar. Tengo más de trescientas páginas llenas de una persona que no está, de una persona que estoy dejando de ser, porque a cada trazo entre esas páginas, me voy deshaciendo de mi mismo, porque ese yo ya no existe si no hay un nosotros. Y ese nosotros, se rompió en mil pedazos un miércoles por la mañana, en lugar aséptico y extraño, en un lugar en el que no quiero volver a pisar. Después de todo, después del todo, la nada. La ausencia, el vacío, la incapacidad irreversible de olvidar a alguien inolvidable. Aunque lamente los besos ahora, volvería a besarte hasta la extenuación, hasta convertir el recuerdo de tus labios en parte de los míos.

La tengo clavada en las pupilas, en las manos, en los labios, en la boca, en la piel, en la vida, en los recuerdos, en el corazón. Yo quizá no era todo lo que debía ser, pero ese amor era todo lo que estaba bien en mi vida, era todo el amor que creo merecer pero que nadie fue capaz de gestionar. Porque era tan grande, tan jodidamente perfecto que parecía irreal. Y joder, duele tanto tener que huir de la realidad cuando nos sobrepasa, que llegados a ese punto somos capaces de cualquier cosa, con tal de volver a ese lugar seguro en el que no nos pasa nada, ni siquiera la vida.

Estoy aquí, enamuriendo por alguien que no está. Podría escribirle cualquier cosa esta noche de abril, por si vuelve, por si aparece, por si algún día el puto miedo no aterra a alguien a quien querría por encima de todas las cosas. Pero no parece ser así.

Si tengo que volver, volveré. Podría enamorarme de leerte.

Podría enamorirme de tenerte.

Al alba, de nuevo, la vida, la triste realidad de despertarse sin ti al lado.

Te quiero. Te lo dejo aquí escrito, por si algún día te vuelves valiente y asumes que esto fue tan real que te dolía.


M.

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