Aún escucho los cristales que albergo dentro de mí.
Languidezco ante tantos recuerdos.
Busco entre el corazón y la herida un pequeño recoveco en el que pararme y observar.
Atosigo a mi corazón, para que pueda bombear la sangre suficiente para poder llevarse esos recuerdos, y mantenga mi cabeza estéril y vacía.
Y aún así, entre el latido y la herida, el pulso imperfecto y la ausencia, te encuentro.
Llega la noche, y cada giro de insomnio vuelve a traerme el ruido de cristales rotos.
Ni el corazón ni el recuerdo, yo solo sé lamentar tu ausencia desmedida, impertérrita y cuidada.
Siempre elegiré la herida, al menos de la cicatriz uno jamás se olvida.
M.
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