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15.10.15

Todo lo que no se ve

Ella tenía unos ojos azules, impredecibles. Los de él, eran marrones, sumamente comunes, pero brillaban al mirar los de esa chica, que quería por encima de todas las cosas. No eran diferentes a cualquiera que se cruzase por la calle, pero sonreían, eso les delataba. Y se miraban, como dos desconocidos que se querían, como un matrimonio que lleva toda una vida…

Y es que echar un polvo era algo así como morir y revivir en un instante, conocer cada recoveco de su cuerpo para luego perderme en las profundidades más oscuras de sus labios. Se perdían ambos en las cicatrices, los miedos y los deseos del otro, se encontraban después, pegados a sus labios, esperando la redención de uno de esos besos, que salva más vidas de las que cualquiera pudiese pensar.

Tenían la sensación de quererse a contrapié, como si ellos no pretendiesen hacer todo aquello pero algo los impulsase a cometer esos actos de locura irrefrenable, que les conducía, casi siempre a quererse de una forma desmedida. Y claro que se querían pero no sabían si todo aquello iba a conducir a algún destino, en el que estuviesen, los dos.

Se desgarraban y se querían apresuradamente, rotos por el miedo que les provocaba el perderlo todo. Y querer con prisas, además de hacer sentir todo aquellos que otros sólo imaginan, hace que todo sea tan brutalmente bueno, que no quieras parar jamás.

Solían encontrarse cada día, en lugares diferentes, jugar a ser dos desconocidos que por un flechazo, se habían enamorado. Acababan paseando, de la mano, como una de esas parejas de verdad, que se quiere tanto en secreto que darse de la mano es todo un reto. Para ellos, tan sólo era el preámbulo de todo lo que estaba por suceder.

Compartían pensamientos, palabras, caricias, besos entre la gente, que los miraba incrédulos. Y así cada día, y cada noche. Era difícil que todo aquello acabase, se estaban enamorando de verdad, y aunque les asustaba todo lo que sucedía, decidieron recorrer juntos ese camino, que no tenía destino, más que ir el uno al lado del otro.

Tras amarse en cualquier lado, durante un buen rato, acababan tendidos sobre la cama. Cuando era ella la que primero se dormía, él contemplaba su respiración acompasada, su gesto de felicidad y a toda ella. ¡Y qué bonita era!

Sucedía justo lo mismo cuando era al revés. Ella, con su rostro descansando en su pecho, se movía al ritmo que marcaba la respiración de él. Cerraba los ojos y se dormía feliz, allí.

Los dos. Esos que no tuvieron miedo a quererse de forma desmedida.


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