Una sonrisa perezosa se descolgaba entre unos labios
desgastados, corroídos por la tristeza que deja el besar unas intenciones
equivocadas. Era una de las imágenes más bellas que se pueden contemplar,
estaba allí, distraída entre la multitud de personas que deambulaba por la
calle, sonriendo.
Su rostro era pálido, iluminado por un radiante sol
de otoño, que calentaba más su cuerpo que su desacompasado corazón, que latía
sin prisas. Sus cabellos largos y profundamente oscuros empañaban de vez en
cuando su rostro, dejando a la vista unas facciones cuidadosamente esculpidas,
que dejaban al descubierto, como enmarcados, sus ojos. No tenían un color
demasiado llamativo, eran de un maravilloso color miel. Y esas miradas, que
parecían sacadas del mismísimo infierno, porque enfriaban hasta el alma, nunca
me dejaron indiferente, y nunca quisiera dejar de ver esos ojos.
Una nariz, pequeña, se desdibujaba en mitad de su
rostro, tan sólo empujaba a conocer esos ojos tan fieros, o a perderse en esos
malditos labios.
Ahora mordía su labio inferior, nerviosa. Estaba
esperando a alguien, seguramente fuese uno de esos tipos encorsetados en unos
vaqueros demasiado holgados, una camiseta extremadamente larga y unas gafas de
sol que no permitían conocer al que de verdad ocultaban.
Sus manos jugueteaban nerviosas, sus ojos, recorrían
incesantemente a la multitud para poder encontrar a quien deseaba. Y allí
estaba, por fin. Era un chico, normal. No parecía diferente a cualquiera de
esos otros que caminaba por allí.
El rostro de ella se iluminó, las comisuras de sus
labios se arquearon para dejar escapar una amplia sonrisa. Sus ojos se tornaron
en una mirada brillante, y toda ella, parecía resplandecer. Él, no hizo
movimiento alguno. Espero su llegada silencioso, sumergido en la belleza que se
acercaba a pasos agigantados hacia él.
Su llegada fue indescriptible. Nada de esos besos
distraídos en las mejillas. Un beso, largo, sentido, y un abrazo, de esos que
te dejan cegados con el olor de la otra persona y te hacen olvidar al resto del
mundo.
Les vi cogerse de la mano, y se perdieron entre la
multitud… El resto de la gente no reparó en ellos, pero quizás, fue el momento
en el que más cerca estuve de todo aquello que algunos insisten en llamar,
amor.
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