Nuestra vida avanza en función de los latidos que
nos queden. Puede que tengamos millones de ellos disponibles, y cada uno decide
en que puede malgastarlos. En demasiadas ocasiones, nos encargamos de dejar que
esos pulsos se vayan en compañía de unas respiraciones que no suspiran por
nosotros.
Algo así le pasaba a él. Había decidido, que desde
ese momento en el que la vio por primera vez, hasta que llegase el final, sus
latidos iban a estar atados a esas ojeras bajo aquellas pupilas azules de esa
chica imposible.
El incansable metrónomo de su corazón alteraba su
ritmo hasta multiplicar sus latidos cuando ella se acercaba, o incluso cuando
tan sólo se intuía su presencia. Es complicado adivinar si en ella sucedía todo
aquello, o si simplemente era alguien más.
Sincronizaron latidos y decidieron gastarse al mismo
tiempo. Los de él, encadenados a las pupilas llenas de historia e historias de
ella. Los de esa mujer, anclados a los recuerdos que generaban los dos.
Y vaya si se sincronizaron, tanto, que acabaron
latiendo al unísono, casi siempre cuando se querían. Y rompiéndose en mil pedazos, cuando por
suerte, discutían. Cada latido en uno de sus corazones, apuntalaba aún más todo
aquello que se sustentaba en unos besos discretos, unos abrazos largos, unas
miradas interminables y unas conversaciones hasta el amanecer, que terminaba
con sudor, alguna que otra lágrima y los dos bajo una misma sábana.
Pero todo se acaba, siempre. Aunque por suerte,
gastaron los latidos que les quedaban en aquello en lo que creían. Y ella siguió con la mirada perdida
y su dulce aroma un camino lleno de recuerdos que habían creado. Y él,
destrozado y sin latidos, acabó. Como todo lo que tiene que terminar, pusieron
un punto, y final.
“Cuando creemos en lo que creamos, acabamos queriendo todo aquello que hacemos. No hay mejor sensación que derrochar cada golpe de corazón en alguien por el que darías todo lo que tienes para estar a su lado. Quizás ese alguien tenga unos ojos azules, unos labios rojos, una sonrisa eterna, o una belleza invisible. Pero cuando llegue, no duden en gastar hasta el último aliento en su cuello, en sus pupilas, en su pelo, en su sonrisa o en sus latidos. Porque eso, me temo… que sí es amor”.
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