Desgarrar a hielo y fuego los retazos de alma que
ella me dejó. Eso es a lo que me dedico últimamente, el hielo de sus frías
comunicaciones esporádicas y el fuego de nuestras fotos.
Y es que cuando todo termina y no quedan más que
vagos recuerdos en tinta y papel, uno acaba por perder la motivación de
aferrarse a todos esos recuerdos que se generaron, y se encierra en una espiral
que acaba, casi siempre, pegada a una barra de bar en la que valen más las
lágrimas que se pierden en el vacío que las copas que se amontonan a los
costados.
Olvidar tiene su parte positiva. Dejas de engañarte
sobre todo aquello que sucedió, destierras las esperanzas de volver a caminar
entre sus piernas, y también, poco a poco, vas sanando, por dentro y por fuera.
La parte negativa, es que empiezas a no sentir nada
de lo que sucede a tu alrededor, comienzas a obviar todo aquello que te
recuerda a ella, y sí, es todo. Desde ese bar al que fuisteis por primera vez,
a ese otro en el que pasabais las tardes, tu cama, tu cocina, tu casa en
general, la maldita ciudad que os vio caminar, asquerosamente felices y
perdidos… En definitiva, acabas odiando todo, porque todo es ella. Te dedicas a
vagar, con tus recuerdos y sentimientos enmarañados, por las calles, con el
ceño fruncido y una mueca de disgusto en tus apretados labios.
Pero acabas olvidando. Parece que ya eres inmune a
todo aquello que sucedió, al poso que dejó en lo más profundo de tu alma, e
incluso se ha mitigado el dolor inconsciente que padecías.
Y vuelve.
Más alta, más guapa, con los ojos más vivos, más
brillantes. Pero no la ves. Ya no es como antes.
Pero llegas a casa, buceas
entre viejos recuerdos que tienes por los cajones, y la encuentras. Y esa que
acabas de ver hace unas horas, no tiene ni punto de comparación con la mujer
que tú querías.
Caes. Eres consciente de todo aquello que va a
desencadenar, pero la huella caló hasta los huesos, agujereó tus pupilas, tus
papilas y hasta tu maldita alma.
De nuevo todo es ella, y ella… por fin sabe a ella,
y a ti.
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