Es relativamente sencillo evidenciar las carencias
que uno mismo posee, pero quizás el momento en el que la gente descubre todas
ellas, el problema radica en que no conocen cada una de las cicatrices que
provocan esas carencias.
Puede, que simplemente tengamos que evidenciar
nuestros puntos débiles, exponernos delante de aquellos que consideramos “los
buenos” y permitir que estos nos ayuden, que demonios, nos permitan que les
dejemos ayudar a paliar esos problemas. Pero no es tan simple, al igual que un
bolígrafo no puede escribir sin una mano que guie esos trazos, una de esas
cargas que hemos decidido soportar no puede aliviarse simplemente con la
compasión de aquellos que no saben lo que hemos tenido que vivir para llegar a
ser ese despreciablemente querido ser, con el que se sientan frente a frente en
una mesa de bar, a decirle que, ya no nos vamos a poder ver más porque tus
miedos me frenan y si tú no crees yo no puedo crecer contigo.
¿Quién habla de crecer? Si lo único que pretendo es
sobrevivir. Es algo así como uno de esos cactus del desierto, tan despreciables
por fuera y tan llenos de vida por dentro. Pero no siempre apreciamos a
aquellos que tan sólo pretenden sobrevivir, queremos más. Siempre. Y no es nada
malo luchar por crecer, pero hay quien ha tirado la toalla, porque está cansado
de luchar por promesas inconclusas, que tan sólo llevan de un fango a otro. No
está mal disfrutar del barro, pero de ahí, sólo queda levantarse, y seguir.
Hacia delante, creciendo o sobreviviendo.
“Yo soy más de sobrevivir, pero ser un niño, uno de
esos Peter Pan, que cree en quien no debe, porque le cuentan sueños,
irrealizables. Quizás sólo sobreviva, ya tendré tiempo de crecer, entre las
espinas de esta vida. Pero prefiero creer, en los sueños de otros, porque los
míos, siempre han estado ligados a esos labios rojos, que me sonríen en la
distancia, que se sonrojan ante mis pupilas y que me besan… en sueños. Sobre
vivir, por suerte, no hay nada escrito”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario