“Me duele todo lo que trae, pero odio cuando después de luchar, decide llevárselo todo”
Su rostro perfectamente esculpido a base de golpes
de vida y trabajo, se había recompuesto tras la inesperada noticia. Quién
podría haber esperado aquella noticia hace tan solo unos meses. Siempre había
permanecido absorto en esa vida que había decidido escribir a base de un
esfuerzo inusitado y de dejar en el camino todo aquello que, en otras
circunstancias, le hubiese hecho perder la cabeza para ocuparse del corazón.
Tras salir de aquella luminosa consulta, el mundo se
le vino abajo. Completamente. Un derrumbamiento general, de toda una vida,
resumido en un instante. Baja en un ascensor atestado de gente, sensaciones
dispares, pesadumbre, un ambiente lleno de silencios y respiraciones profundas
que se antojan claves para afrontar todo lo que va a llegar.
Calle. Aire, más o menos fresco. Agua. Liberación.
Un par de lágrimas. Una sonrisa, capucha y vistazo al móvil. Ella, preguntando.
¡Joder! Titubeos varios, pantalla bloqueada, móvil en silencio y de vuelta al
bolsillo, un problema demasiado grande como para zanjarlo con un puñado de
palabras.
Un 30% de éxito. Merece la pena iniciar una lucha,
aunque sea para perderla. Y ahora ella. ¿Cómo explicas a alguien que te ha
ayudado a recorrer ese maldito camino, que ahora, a mitad de viaje, puede que
no des un paso más a su lado? Café. Silencio y una mesa cualquiera, cerca, y
con más valor que uno de esos antiguos soldados de infantería que arremetía sin
temor contra el enemigo. Descerrajar un tiro en la boca del estómago. “Puede
que me esté apagando, puede, que si entro en ese treinta por ciento de personas
que gana la lucha, sea una sombra de lo que soy”.
Y pasan las semanas, y esas ganas de lucha, se
desvanecen. Sus atrevidos rasgos, ahora, demacrados, quedan enmarcados por una
áspera barba que le recuerda que se ha declarado perdedor. Y sus pupilas,
cargadas de ganas, se acaban fatigando en un no tras otro, en una sesión tras
otra, que tan sólo le succiona las pocas energías que le quedan y le envenena
lentamente a través de un filo plateado que se resbala hasta el interior de su
piel.
Acaba. Hastiado de todo cuanto ha hecho, se has
perdido, encontrado, vivido, amado, querido, tenido, soñado, besado y hablado.
Ahora apenas hay palabras, se reduce a la mínima expresión que le permite tu
otrora atlético cuerpo, que ahora se dedica a contenerle mientras vaga entre
todo aquello que le aferra a la vida.
Últimos días. Arrecia la lluvia en la ventana. Una
tormenta de verano, la última de sus últimos días. Un verano más, raro, pero
con esa impertérrita sonrisa que se desvela cada noche en mitad de sus
quejidos.
Ella también lo sufre, y lo sufrirá, porque por
suerte se quedará. Esos ojos azules se destapan en sus sueños. Y una noche, la
chispa de lucidez que le permite despedirse de quien, por suerte, podría haber
dado la vida para salvarla, hasta de la muerte.
Se quita el maldito oxígeno que le ata al mundo. Se
encuentra con la tormenta de sus ojos, la paz de su pelo y con sus labios. Esos
labios tan suyos, que una vez fueron de los dos. Esboza un te quiero con la
mirada, apenas puede balbucearlo.
La invita a dormir, ella se agarra a tu mano,
esperanzada. Esperando, que no sea la última noche. Y tras dormirse, se va.
Para siempre.
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