Era ella tan sólo un recuerdo en mis pupilas
destrozadas por el tiempo. Pero aún puedo cerrar los ojos y ver a la perfección
cada detalle de su rostro, porque, a pesar de ser unas viejas pupilas, mi motor
de recuerdos, se niegan a olvidar toda la belleza que encerraba en cada mirada.
Sus cabellos, negros, como una de esas noches
invernales sin estrellas. Sus ojos azules, engalanados con unas ojeras casi
permanentes, a causa de las noches que en vez de dormir, quería) que no hacían
más que acentuar la viveza de sus ojos. Azules. Como esos cielos de un verano
para recordar, iluminados por un sol perpetuo. Su boca, encajada en el
complicado laberinto de sus labios, encerraba miles de palabras que no querían
salir, y una húmeda e intrépida aventurera que tan solo quería besar, era ella,
la culpable de los tristes finales y las cálidas bienvenidas entre su cielo.
Aún recuerdo, como dejaba que se colgasen mis
pupilas de sus miradas, mis sonrisas de sus nadas, y mi yo, de su todo. Y cómo
esa mujer, tan azuladamente oscura, tan de cicatrices y de belleza oculta, me
dejó, un bonito zarpazo en el corazón, que late, pero se va con ella en cada
sístole y diástole. Porque sus recuerdos, aunque sean zarpazos, no cicatrizan,
ni con el tiempo que pasa.
Y ahí está de nuevo. Sólo si cierro los ojos. La
recuerdo tan joven, con esas mínimas arrugas en las comisuras de sus labios al
reír. Con sus párpados que presagiaban aciagas miradas en las noches más frías.
Sus labios, sin carmín, marcados en mis cuellos de camisas, en mis hombros, y
en mi cuello, despiadados, inesperados y siempre bien recibidos. Su profundo
olor sigue persiguiéndome, al cruzarme con él, ella aparece. Y sus largos
abrazos, esos que nos permitían perdernos, a mi entre sus cabellos, y a ella
entre los aromas de mi cuello.
Ella, ella, ella. Tan sólo un vago recuerdo que está
más vivo que nunca, entre mis párpados y sus pupilas. Entre sus suspiros y mis
anhelos.
Tan sólo ella, un recuerdo.
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