El color de sus ojos no era muy distinto al de su
alma, profundamente negros. Quizás venía dado por ese descarnado dolor que
había sufrido durante tantos años y del que no había sido capaz de desprenderse,
al menos por el momento. Y no era fácil comprender esos misterios que ocultaba
tras unas gafas de sol, una barba de tres días y un buen puñado de ironía y mal
humor. Pero tras esas gafas de sol, esos ojos tan negros ansiaban encontrar una
mirada que los desconcertase tanto que aquel color negro, se quedase
simplemente en sus pupilas.
No era difícil identificarle en mitad de la calle,
solía tener un aspecto bastante distinto al resto de la gente de aquella
decrépita ciudad de la que no podía escapar, aún. Algunas veces llevaba un sombrero
que ocultaba un pelo cuidadosamente despeinado por la inconsistencia de sus
actos, y sumado a esas apáticas gafas de sol que lo acompañaban buena parte del
año, siempre pasaba desapercibido.
Era uno de esos tipos que pasa de puntillas por la
realidad del resto de personas. Sin dejar rastro para no permitir que le
dejasen huella. Y es que al fin y al cabo, quedar marcado es lo único
importante en esta vida, para bien o para mal, una marca, nos ayuda a recordar
aquello que nos hizo sonreír o que por el contrario nos hizo llorar. Aunque
nunca deseó vivir del pasado, siempre pensó que era bueno que se quedase ahí,
por si algún día todo aquello servía de algo para cualquier otra cosa en esa
maldita vida.
Y tanto rogar por una de esas miradas salvadoras, la
encontró a ella. Mejor dicho, ella le encontró a él. Andaba perdido en sus
pensamientos mientras deambulaba por esas aceras repletas de gente, porque por
desgracia personas quedaban muy pocas, cuando ella quedó cegada por ese aura,
tan profundamente triste que desprendía. Eran dos polos opuestos, ella
radiante. Sonreía, tenía una mirada viva, unos rasgos perfectos, unas
clavículas desencajadas, una sonrisa perfectamente anclada a unos labios rojos,
y unos cabellos indomables que hacían de ella, la mujer más hermosa del mundo.
Trató de seguir con la mirada a aquel tipo, se
encontraron en un café. Él, sumido en su ordenador apenas levantaba la vista de
su pantalla más allá del gigantesco recipiente humeante con un café solo, muy
cargado. Ella, se deshizo de su chaqueta, dejando a la vista un vestido que le
permitía lucir unas largas y perfectas piernas. Se sentaron a unas dos mesas de
distancia.
Ella estaba profundamente intrigada. Aquel chico
despertaba una curiosidad inhóspita dentro de su ser. Decidió levantarse y acercarse
a su mesa. Le preguntó acerca del sitio que había libre frente a él, y con un
leve gesto, arqueando las cejas, le indicó que estaba vacío.
De pronto, levantó la cabeza de la pantalla y de sus
desgastadas teclas. Y allí estaba ella, mirándolo, como un niño que observa el
arcoíris por primera vez.
Se desarmó, se quedó sin ningún tipo de argumento.
Retiró aquellas gafas de sol estilo aviador de su rostro, dejó a la luz sus
ojos, subrayados con unas ojeras bastante pronunciadas, y se rindió ante ella.
Pasaron meses hablando, bebiendo cafés, paseando, y
hasta queriéndose. Él dejó de llevar gafas de sol en días nublados. Ella, lo
quiso, incondicionalmente. Y claro que se dejaron huella, una tan profunda, que
ahora es imposible borrar.
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