Unos ojos nerviosos, una sonrisa rápida y distante.
Una boca llena de palabras que se disipan rápidamente en el aire. Y tras todo
eso. Ella.
Una belleza especialmente lúcida. Cuando se calma, y
deja de lado todo aquello que la atormenta, se convierte en alguien
radicalmente distinto. Su gesto, más relajado, su sonrisa, mucho más amplia y
clara que de costumbre, y sus ojos distraídos en todo aquello en lo que no
suele reparar hace que nuble todo lo que se encuentra a su alrededor. Y por
fin, deje ver que es ella, la que tiene el control de una situación que rara
vez ha logrado controlar.
Puede que si se la cruzan en una de esas calles
concurridas ni se alteren por su presencia, pues parece tan inalcanzable como
esas estrellas que cuando queremos mirar han desaparecido en el firmamento. Pero nada más lejos de la realidad. Es un cúmulo de inseguridades, de velocidad
constante, de realidades que poco se acercan a ella.
Y justo ahí, cuando baja la guardia, aparece. Su
mirada, se acerca tímida a cualquiera, su sonrisa se esconde, aunque es tan
amplia que merece la pena esperar tan sólo por el espectáculo brillante que
puede brindar. Es una de esas mujeres tan duras que parece que en cualquier
momento va a tomar las riendas, pero no lo hace porque huye de toda esa responsabilidad
que puede afrontar.
Desinhibida, es cuando realmente merece la pena. Sus
ojos atrapados en las sombras, brillan. Toda ella parece irradiar una luz
cegadora. Y descuelga de sus labios permanentemente fruncidos una tímida
sorpresa, que se torna en una sonrisa de las que calienta el alma.
Aunque a veces, puede sesgar cualquier resquicio de
esperanza con una de esas afiladas miradas. Pero no se dejen engañar, hay que
saber buscar, y tras todo eso, está ella.
Ella.
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