Hay quien considera que el amor es tan sólo una
sucesión de hechos, que suceden a toda velocidad ante nuestros ojos, y que
tenemos la obligación de vivirlos como si fuesen el último que va a suceder en
nuestra triste vida. Pero eso no puede ser verdad. El amor, se vive a cámara
lenta, muy despacio, saboreando cada instante como si de verdad fuese el
último, pero no de la historia, sino de ese segundo que respiramos su aroma.
La vio pasar, despacio, como movida por unos hilos
ocultos, dirigidos por el mejor titiritero del mundo. Se deslizaba suavemente,
sin esfuerzo alguno. Y le dedicó una mirada, intensamente leve, sus ojos apenas
pudieron apreciarse, pero ese instante le contentó para todo el día.
Tenía una larga melena de un color cobrizo que se
desdibujaba ante sus ojos, domada en demasiadas ocasiones en una coleta
perfecta. Los ojos negros, brillantes, como si albergasen una vela con una
pequeña llama en su interior. Y una sonrisa enmarcada entre unos labios alegres
que escondían un pequeño paraíso en el que perderse era el mejor de los
pecados.
[***]
Y nos redimimos de nuestros pecados, varias veces,
durante algunos meses. Puede que quizás fuesen un par de años. Nos quisimos
despacio, para no poder terminar todo aquello de golpe, para disfrutar, a
lametazos, de todo lo que guardábamos en silencio, escuchando a Sabina,
diciendo que lo suyo, por mucho que durase, costaba que se borrase diecinueve días y quinientas noches.
Efectivamente, se acabó. Nos dejamos en una noche
oscura, en medio de un bar desértico en el centro neurálgico de una ciudad
infestada de gente que amaba rápido. La despedida, lenta, sin lágrimas pero con
deseos. Sin reproches pero con unas ganas brutales de poder repetir, porque el
amor, a cámara lenta… sabe mucho mejor.
“Apareció perdida entre los pasillos en una
biblioteca. No pude dejar de mirarla porque jamás había visto a una mujer como
ella. Apenas reparó en mí, pero el instante en el que cruzamos nuestras almas,
su sonrisa se quedó enganchada a mis ojeras, y mi olor a su pelo, y su pecho, a
mis besos. La quise a cámara lenta, nos consumimos deprisa. Su amor alimenta,
¡pero cómo duele cuando mata!”
No hay comentarios:
Publicar un comentario