Cuando vuelven los fantasmas. Ese día en el que
pareces haberlo olvidado todo, pero reaparece como una ráfaga helada de viento.
Supongo que son cosas que deben pasar. A veces vas cambiando de camino para
intentar no cruzarte con tu destino, y acabas, de la misma manera, inmerso en
ese azaroso sendero del que deseabas salir.
Pero por suerte, paralelamente a ti, ella recorre su
camino. Te mira con esa tormenta del fondo de tus ojos, y te olvidas de todas
esas piedras que sin duda acabarás encontrando, porque tienes con quien
levantarte. Y es entonces cuando el barro no te parece tan malo, si está ella
para salvarte de todo aquello que arruina el camino.
Ese ángel que siempre nos salva, en mi caso, es una
de esas mujeres que son difíciles de borrar de la cabeza, del alma, del corazón
y hasta de la piel. Una salvadora de clavículas perfectamente perfiladas como
si del borde de un precipicio se tratase, con una mirada atormentada y llena de
tormentas que no deja de hundir en mis recuerdos.
Los ojos azules, como una de esas noches de verano,
después de llover, con alguna estrella rebelde que decide alumbrar algún alma
perdida, como la mía. Esos labios rotos, por cualquier lado, de tantos golpes,
como los míos, reconstruidos a pedazos de rabia y fuerza.
Sus cabellos me enredan en sueños, y me llevan a ese
torso que no quiero dejar de recorrer, y si lo dejo, que sea para anidar en
esos labios fruncidos, para evitar que salgan las sonrisas y las palabras, esas
que tanto han maltratado su espalda, y de las que no se puede deshacer si no es
a golpe de besos.
Sus caderas, me recogen las noches de tormenta, sus
pupilas cansadas, cobijan mi alma destrozada por todo lo que fui incapaz de
decir. Y juntos avanzamos por ese maldito sendero, no sé si nos espera algo
bueno o malo, pero supongo que juntos, llegaremos a ese anhelado final feliz
que todos cuentan que existen.
Pero mi final, por mucho que esté por llegar, acaba
en ella. En cada sonrisa, en todas y cada una de esas palabras que antes
callaba y ahora me dice, y en esas frases que guarda, que son, aunque nadie lo
espere, para mí.
Espero sorpresas, pero de las suyas. Que el camino
es largo, pero de esas manos suyas, tan terriblemente frías, seguro que se hace
más corto, si es al calor de las mías.
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