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18.1.20

Ya no brilla nada


Tengo unas manos aferrando mis entrañas, pidiéndome que desista. Que me vaya, que desaparezca y que me dedique a todo eso que siempre se me dio tan bien, pasar desapercibido, hacer como si no existiese. Me sugieren, una pérdida total y descontrolada de mi memoria, una vuelta a cero. Un retorno a un punto, en el que nadie debería estar. Quieren que vuelva a bajar a esos infiernos, para que trate de reconstruirme, para que intente volver a ser, de nuevo, quien fui, quien por fin, he vuelto a ser. Desde que aparecieron y se aferran a mí, creo que están llenas de sangre, fruto de las ganas y la rabia que me provoca. No luché hasta aquí para ahora tirar la toalla. No disparé a su cabeza para volarme los pulmones, porque sin cabeza no existe el amor, y sin pulmones no hay batalla, no hay guerra, no hay impulso. Sin aire, no hay besos.

Sus ojos son un jodido orgasmo. Tiene la capacidad de atraer, absorber, descubrir y curar. Si el alma se puede ver en la mirada, también se puede besar con los ojos. Y ella, lo hace como nadie. Ella, que con esa melena y ese corazón de leona, es capaz de romperte por dentro, por el simple placer de reconstruirte, pieza a pieza, con cada beso que te va dando. Es capaz de desgarrarte, de abrir las cicatrices y de cerrarlas de nuevo, una vez hurgadas, para conocer al milímetro el pasado. Y en esos ojos verdes, tan sumamente llenos de vida, se reflejan los placeres y los miedos de su alma.
Entre toda esa constelación que decora su piel, se desdibujan centenares de recuerdos, que se acomodan en su costado. Recuerdos que la oprimen, y que únicamente sus ojos son capaces de expulsar. Ella, y su capacidad de expiar pecados ajenos, con miradas seguras, valientes.

La tengo frente a mí en cuanto mis pupilas se funden a negro. Sus labios, perfectamente delineados, desdibujan una sonrisa, tímida y nerviosa. Mira sin miedo, sin la compasión propia que la gente profiere a quien lleva más cicatrices de las que debería. Sus ojos verdes, me paran el mundo, se comen el tiempo. Tiene dos lunares sobre la comisura izquierda de sus labios, deshilachados de los besos que no dio, de las sonrisas que se perdieron sin encontrar su destino. Ahí, en ese punto, en el que se comienzan a difuminar sus labios y comienza su particular constelación, es donde me pierdo. Me rescata, con una simple caricia, y mis ojos vuelven a lucir ese vulgar marrón.

Los cierro y sigue ahí.

Ojalá, te pudiese decir de nuevo, lo que dicen en aquella película que nunca viste. Ojalá volvieses, para decirme todo aquello que no me dijiste. Ojalá. Vuelvas.

Tus ojos siguen siendo mejor que un cielo estrellado una noche de verano.

Porque sin ti.

Ya.

No.

Brilla.

NADA.

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