Tengo unas
manos aferrando mis entrañas, pidiéndome que desista. Que me vaya, que
desaparezca y que me dedique a todo eso que siempre se me dio tan bien, pasar
desapercibido, hacer como si no existiese. Me sugieren, una pérdida total y
descontrolada de mi memoria, una vuelta a cero. Un retorno a un punto, en el
que nadie debería estar. Quieren que vuelva a bajar a esos infiernos, para que
trate de reconstruirme, para que intente volver a ser, de nuevo, quien fui,
quien por fin, he vuelto a ser. Desde que aparecieron y se aferran a mí, creo
que están llenas de sangre, fruto de las ganas y la rabia que me provoca. No
luché hasta aquí para ahora tirar la toalla. No disparé a su cabeza para
volarme los pulmones, porque sin cabeza no existe el amor, y sin pulmones no
hay batalla, no hay guerra, no hay impulso. Sin aire, no hay besos.
Sus ojos son
un jodido orgasmo. Tiene la capacidad de atraer, absorber, descubrir y curar.
Si el alma se puede ver en la mirada, también se puede besar con los ojos. Y
ella, lo hace como nadie. Ella, que con esa melena y ese corazón de leona, es
capaz de romperte por dentro, por el simple placer de reconstruirte, pieza a
pieza, con cada beso que te va dando. Es capaz de desgarrarte, de abrir las
cicatrices y de cerrarlas de nuevo, una vez hurgadas, para conocer al milímetro
el pasado. Y en esos ojos verdes, tan sumamente llenos de vida, se reflejan los
placeres y los miedos de su alma.
Entre toda esa
constelación que decora su piel, se desdibujan centenares de recuerdos, que se
acomodan en su costado. Recuerdos que la oprimen, y que únicamente sus ojos son
capaces de expulsar. Ella, y su capacidad de expiar pecados ajenos, con miradas
seguras, valientes.
La tengo
frente a mí en cuanto mis pupilas se funden a negro. Sus labios, perfectamente
delineados, desdibujan una sonrisa, tímida y nerviosa. Mira sin miedo, sin la
compasión propia que la gente profiere a quien lleva más cicatrices de las que
debería. Sus ojos verdes, me paran el mundo, se comen el tiempo. Tiene dos
lunares sobre la comisura izquierda de sus labios, deshilachados de los besos
que no dio, de las sonrisas que se perdieron sin encontrar su destino. Ahí, en
ese punto, en el que se comienzan a difuminar sus labios y comienza su
particular constelación, es donde me pierdo. Me rescata, con una simple
caricia, y mis ojos vuelven a lucir ese vulgar marrón.
Los cierro y
sigue ahí.
Ojalá, te
pudiese decir de nuevo, lo que dicen en aquella película que nunca viste. Ojalá
volvieses, para decirme todo aquello que no me dijiste. Ojalá. Vuelvas.
Tus ojos
siguen siendo mejor que un cielo estrellado una noche de verano.
Porque sin ti.
Ya.
No.
Brilla.
NADA.
No hay comentarios:
Publicar un comentario