Abrazar el abismo
siempre es algo que me encantó. Regodearme en ese fango, capaz de consumirte
hasta las entrañas. Morir, siguiendo vivo, o mejor dicho, sobrevivir. Las
muertes, las despedidas y los hasta pronto, son esa especie de medicina que a
pesar de curar, nos mata un poco por dentro. Algo así como una vacuna, que mete
en nuestras venas la enfermedad para que seamos capaces de luchar contra ella.
Una breve dosis de muerte, se presupone que nos dota de fuerza, de valentía y
empuje para poder seguir luchando, para afrontar las siguientes de otra manera.
Una despedida, a destiempo, casi siempre, nos ayuda a crear esa coraza que nos
aísla y protege de esta puta mierda de sociedad arquetípica y estereotipada que
nos dice que todo es efímero, que nada dura para siempre. Aplicamos la
obsolescencia programada a todo en nuestra vida, los amigos, las parejas, las
personas, los trabajos. Decidimos, que todo debe tener un principio y un fin,
una fecha de caducidad, algo que nos marque el momento en el que nos podremos
despedir de todo eso y continuar a lo siguiente.
No les negaré, que yo, hace
un tiempo, también insistía en dedicarme a calcular el fin de algo, para
intentar protegerme de ese momento en el que inevitablemente, por cuestiones
ajenas a las dos personas que componen una relación social, esta se vea abocada
a su fin. Pero hace algún tiempo, quizás más del que me gustaría reconocer, que
me dedico a no esperar el fin de nada, simplemente dejo que llegue, que suceda
lo que tenga que suceder. En cambio, me dedico a intentar aprovechar al máximo
cada instante, supongo que en contraposición, es una ley absurda y jodidamente
simple, que sirve, efectivamente, para que te la pegues igualmente, sin
preaviso y con un dolor terrible, pero de verdad, no impostado por una situación
que tú mismo has ido provocando.
Si mal no recuerdo,
Irene X, una de esas poetisas que escribe con el corazón en la mano y las
entrañas en la otra, tiene una frase que dice: “odio poner título a las
historias sin terminar”. Y eso es lo más real que podría leer hoy.
Aunque uno
quiera acabar con algo, aunque decida ponerle fin, la vida nos depara una serie
de maravillosas casualidades que a veces, propician que aquellos que no estaban
destinados a encontrarse en un momento determinado, lo hagan en otro punto de
su vida. Y sí, la puta obsolescencia programada, puede ser un método de defensa
tan útil como cualquier otro, tan válido como ser antisocial y evitar crear
vínculos para no sufrir cuando estos se rompan.
Voy a pecho
descubierto, sin esa puta coraza que tanto pesaba. A cicatriz y herida abierta,
que si no sana, sangra. A la aventura, de quien desea y quiere encontrar
alguien, que me haga volar el corazón con una mirada o que me explote la puta
cabeza conjugando palabras en un futuro perfecto si es a su lado.
Quizás, simplemente
quizás, este abismo me traiga flores, me haga crecer, me haga encontrarme con
esa serendipia, maravillosa casualidad en el fondo de todo. Para volar con esas
jodidas alas que no recordaba tener conmigo.
La chica de las constelaciones
sigue latiendo aquí dentro, las pupilas, el corazón y el alma son incapaces de
olvidar.
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