Era
una calurosa mañana de julio. El mes estaba a punto de terminar y yo aún me
encontraba entre las sábanas tratando de buscar en mi cama un resquicio que
permaneciese frío. Llamaron a la puerta de mi habitación. Sin demasiadas ganas
me levante y fui a abrir la puerta.
No
necesite palabras, me encontré un frío rostro roto de dolor tras aquella
maldita puerta. Luego, medio sollozando, susurró un: “Ya está”.
Eso
fue todo, un simple ya está. Me quedé blanco. Apenas sabía qué hacer, me puse
los pantalones y la camiseta que estaban sobre la silla y me calcé unas
zapatillas que estaban tiradas por el suelo.
No
reparé en nada más. Necesitaba salir de aquella habitación. Entre en la cocina,
tres personas estaban llorando, respiré hondo y contuve las lágrimas. No era el
momento.
Intentando consolarlos y siendo más fuerte que nunca decidí salir. Necesitaba explicarme a
mí mismo todo aquello.
Aquel
“ya está”, había empujado toda mi vida por un acantilado. ¿Cómo alguien se
puede ir así? De un momento a otro, sin esperar lo inevitable sucedió. No
lloré, ni ese día ni en los años siguientes. Afronté aquello sin saber cómo,
pero lo hice.
La
ira me invadió en aquel instante, mientras bajaba las escaleras camino a la
calle. No era justo, no podían hacerme todo aquello. Me senté en el bordillo de
la acera, respiré hondo, y me hice el valiente, alguien tenía que tirar de todo
lo que él había dejado atrás.
Ya
está.
Muy profundo. Escribes genial Miguel, me encanta leerte.
ResponderEliminarUn saludo
Muchas gracias Martina. Encantado de que me leas :)
EliminarPrecioso, de verdad, felicidades!
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias! :)
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