Hoy,
por fin, te he soñado. Bueno, te he imaginado a mi manera, pero eras tan
sublime que no me he podido resistir a escribirte.
Tus
cabellos profundamente negros, jugaban con el viento a visitar otros lugares.
Tus ojos, más verdes que las hojas de los árboles, me engañaban para que pasase
y me perdiese en ellos. Esa sonrisa, perdida entre la gente, esa risa,
despistada, tímida y elegante, que animaba a confesar en ella todos los
pecados…
Te
encontré caminando entre la multitud, perdida, caminando por un sendero sin
rumbo. Y te paraste frente a mí, con aires de niña pequeña, que no encuentra su
juguete favorito. Me miraste, y me atrapaste.
Tus
suaves formas quedaban atrapadas en mi retina, y de pronto, abriste tu boca, un
hilo de voz, me dijo medio canturreando que te acompañase. Quizás tan solo
fueron minutos en el sueño, pero a mí me parecieron horas, horas que sin
conocerte, fueron las mejores de mi vida.
Me
disponía a besar tu mejilla para despedirte, cuando unas fauces de acero me
arrancaron de aquel sueño, era ese maldito despertador con su tintineo
metálico. No me pude despedir, pero tengo tiempo para soñarte de nuevo esta
noche. Aunque, la despedida, será desgarradora, pues el tiempo no nos da
descanso.
Por
favor, vuelve esta noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario