Noté
como alguien apretaba mi mano. No sé quién era. Apenas puedo acordarme de
aquellos instantes. Creo que me derrumbé súbitamente en el suelo y luego
alguien no soltaba mi mano. Siempre estuvo allí, hasta que desperté.
Estaba
en una de esas habitaciones blancas, asépticas, vacías y temerosas. Y no había
nadie, me vi los brazos llenos de vías, y el pecho con un buen puñado de
cables. Mi móvil, las llaves y la cartera estaban sobre una de esas mesillas.
Esas que dejan un minúsculo hueco para que te acuerdes de lo que tenías fuera,
pero insuficiente para infundir esperanzas de salir de allí.
Un
pitido infernal inundaba aquel silencio, supongo que era uno de esos trastos
que monitorizaba mis constantes. Poco me interesa lo que pase. Mientras
investigaba ese universo blanco, una enfermera entro en la habitación. Tenía
cara de mala leche. Apenas se dirigió a mí, me puso una inyección que me llevo
de nuevo a los brazos de Morfeo y salió de la habitación sin mediar palabra.
Tan
solo un par de horas después, noté como alguien apretaba mi mano de nuevo. Abrí
los ojos, y la vi, era una joven preciosa. Sus ojos, negros como la noche
brillaban, su sonrisa me habló. No pude mantener los ojos abiertos demasiado
tiempo, los cerré de nuevo, y la vi allí, dentro de mi profundo sueño.
Un
pitido sordo inundo la habitación. Se había ido.
es precioso... todo lo que escribes me encanta
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