La mirada perdida en el
horizonte. No quiero seguir mi camino. He decidido que aquí me quedo, ni
contigo ni sin ti. Paré el coche en el arcén de esa carretera medio desértica.
Quité las llaves del contacto y me baje.
El ocaso del sol estaba próximo.
Me apoyé levemente sobre el capó de mi coche y me quedé esperando, como si algo
fuera a suceder. Estuve cerca de dos horas ahí, mirando a la nada. Cuando
empecé a reaccionar, ya era de noche. No podía quedarme allí parado mucho más
tiempo.
Entré en el coche, arranqué el
motor y conduje cerca de tres horas, hasta que el depósito llegó a la reserva.
Paré en una especie de hotel con gasolinera o algo por el estilo. Tenía un
puñado de billetes, suficientes para repostar, pasar allí la noche y meter algo
en mi maltrecho estómago.
Lo primero, lo importante. Comer.
Me acerqué a la barra dónde una camarera me atendió amablemente poniéndome
ojitos. No era mi tipo. Cené solo, sin hacer demasiado caso a lo que sucedía a
mis espaldas.
Cuando terminé le dije a la
camarera que a quién debía pedirle una habitación. Mientras mascaba chicle, con
la boca abierta, me señalo a un tipo viejo que estaba sentado frente a un
mostrador. El hombre no tenía demasiadas ganas de hablar. Yo tampoco.
Me dio una habitación. La número
14, en la primera planta a la derecha. Subí por las escaleras. Cuando llegué a
la puerta, mientras introducía la llave en la cerradura, me quedé quieto y
pensé: “hasta aquí hemos llegado, el fondo”.
Abrí con cierta desgana y
escudriñe aquel cuchitril que el viejo me había dado. Era espantoso. No hurgué
demasiado, me desplomé sobre la cama y dormí, o lo intente al menos.
Aquella mañana, cuando bajé al
bar, una rubia despampanante estaba desayunando, a su lado otra chica, en la
que ciertamente, no reparé demasiado.
Me senté en una esquina, a duras
penas tomé ese “café” por llamarlo de alguna manera, y me fijé en profundidad
en las dos chicas de la barra.
Me acerqué a ellas sigilosamente,
y decidí hablar con la morena. Tenía una expresión simpática, familiar… Sus
ojos eran de un color verde intenso, y su sonrisa perfecta. Quizás sería un
buen comienzo.
Me presenté. La rubia, me echó
una de esas miradas que matan, y enseguida se volvió con desdén. La otra, por
el contrario, se giró levemente para ver mi cara. Se quitó las gafas y las dejó
sobre la barra, con la mirada, me invitó a sentarme a su lado.
Hablamos durante un par de
minutos, y la invité a escapar de ese lugar en mi coche. Miró a su amiga que
trataba de ligar con un tipo sentado en una de las mesas, y sin dudar, aceptó
mi invitación.
Mi coche, para que engañarnos,
era una reliquia. Pero bueno, cumplía su función. Tuve en mi cabeza ir a
abrirle la puerta como si fuese un caballero, pero no quería empezar todo
aquello mintiendo. Nos montamos, y salimos de aquel infierno.
Por delante, cientos de
kilómetros de una carretera semidesértica perdida en mitad de ninguna parte.
Conduje durante horas, paramos un par de veces, y la noche nos asaltó en medio
de una llanura inmensa.
Paré el coche, y bajamos. Era una
noche estrellada y bastante cálida. En el último pueblo que paramos, compramos
cuatro cosas imprescindibles para cenar algo. Nos sentamos sobre el capó del
coche y apoyamos nuestras espaldas en la luna delantera.
Cenamos mirando las estrellas y
sin hablar demasiado. Después, empezamos a hablar, bueno, ella empezó a hablar.
Creo que necesitaba soltar todo aquello más que yo. Durante aquel monólogo,
lloramos, reímos y nos miramos.
Era cerca de media noche cuando
volvimos a montar en el coche. A los diez minutos después de arrancar, se quedó
dormida.
No pude despertarla, llegamos a
un hotel, entré para reservar una habitación. La saqué del coche y la llevé
hasta la cama. La arropé levemente y besé su frente. Por una vez, me comporté
como debía.
Fui hasta el lavabo para lavarme
un poco la cara, y me acosté en el sofá.
Había empezado de nuevo…
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