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10.12.13

Carreteras perdidas

La mirada perdida en el horizonte. No quiero seguir mi camino. He decidido que aquí me quedo, ni contigo ni sin ti. Paré el coche en el arcén de esa carretera medio desértica. Quité las llaves del contacto y me baje.

El ocaso del sol estaba próximo. Me apoyé levemente sobre el capó de mi coche y me quedé esperando, como si algo fuera a suceder. Estuve cerca de dos horas ahí, mirando a la nada. Cuando empecé a reaccionar, ya era de noche. No podía quedarme allí parado mucho más tiempo.

Entré en el coche, arranqué el motor y conduje cerca de tres horas, hasta que el depósito llegó a la reserva. Paré en una especie de hotel con gasolinera o algo por el estilo. Tenía un puñado de billetes, suficientes para repostar, pasar allí la noche y meter algo en mi maltrecho estómago.

Lo primero, lo importante. Comer. Me acerqué a la barra dónde una camarera me atendió amablemente poniéndome ojitos. No era mi tipo. Cené solo, sin hacer demasiado caso a lo que sucedía a mis espaldas.

Cuando terminé le dije a la camarera que a quién debía pedirle una habitación. Mientras mascaba chicle, con la boca abierta, me señalo a un tipo viejo que estaba sentado frente a un mostrador. El hombre no tenía demasiadas ganas de hablar. Yo tampoco.

Me dio una habitación. La número 14, en la primera planta a la derecha. Subí por las escaleras. Cuando llegué a la puerta, mientras introducía la llave en la cerradura, me quedé quieto y pensé: “hasta aquí hemos llegado, el fondo”.

Abrí con cierta desgana y escudriñe aquel cuchitril que el viejo me había dado. Era espantoso. No hurgué demasiado, me desplomé sobre la cama y dormí, o lo intente al menos.

Aquella mañana, cuando bajé al bar, una rubia despampanante estaba desayunando, a su lado otra chica, en la que ciertamente, no reparé demasiado.

Me senté en una esquina, a duras penas tomé ese “café” por llamarlo de alguna manera, y me fijé en profundidad en las dos chicas de la barra.

Me acerqué a ellas sigilosamente, y decidí hablar con la morena. Tenía una expresión simpática, familiar… Sus ojos eran de un color verde intenso, y su sonrisa perfecta. Quizás sería un buen comienzo.

Me presenté. La rubia, me echó una de esas miradas que matan, y enseguida se volvió con desdén. La otra, por el contrario, se giró levemente para ver mi cara. Se quitó las gafas y las dejó sobre la barra, con la mirada, me invitó a sentarme a su lado.

Hablamos durante un par de minutos, y la invité a escapar de ese lugar en mi coche. Miró a su amiga que trataba de ligar con un tipo sentado en una de las mesas, y sin dudar, aceptó mi invitación.

Mi coche, para que engañarnos, era una reliquia. Pero bueno, cumplía su función. Tuve en mi cabeza ir a abrirle la puerta como si fuese un caballero, pero no quería empezar todo aquello mintiendo. Nos montamos, y salimos de aquel infierno.

Por delante, cientos de kilómetros de una carretera semidesértica perdida en mitad de ninguna parte. Conduje durante horas, paramos un par de veces, y la noche nos asaltó en medio de una llanura inmensa.

Paré el coche, y bajamos. Era una noche estrellada y bastante cálida. En el último pueblo que paramos, compramos cuatro cosas imprescindibles para cenar algo. Nos sentamos sobre el capó del coche y apoyamos nuestras espaldas en la luna delantera.

Cenamos mirando las estrellas y sin hablar demasiado. Después, empezamos a hablar, bueno, ella empezó a hablar. Creo que necesitaba soltar todo aquello más que yo. Durante aquel monólogo, lloramos, reímos y nos miramos.

Era cerca de media noche cuando volvimos a montar en el coche. A los diez minutos después de arrancar, se quedó dormida.

No pude despertarla, llegamos a un hotel, entré para reservar una habitación. La saqué del coche y la llevé hasta la cama. La arropé levemente y besé su frente. Por una vez, me comporté como debía.

Fui hasta el lavabo para lavarme un poco la cara, y me acosté en el sofá.


Había empezado de nuevo…

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