Una
máquina mantenía su respiración, estaba sumamente débil. Ya hace meses que no
articula una sola palabra. Lo veo cada día en la distancia al pasar por su
habitación del hospital. Esa habitación siempre irradia esperanza, siempre está
repleta de gente.
Muchos
vienen a diario a verle. Otros, tan sólo los fines de semana. Me llama la
atención un niñito, apenas tendrá once o doce años. Siempre llega abatido,
triste, sabe dónde está e imagina lo que va a suceder en un futuro no muy
lejano.
Cuando
llega a la puerta de la habitación de aquel hombre, dibuja su mejor sonrisa. El
otro día, me asome a la habitación. Y allí estaba ese niñito, sentado en el
borde de la cama junto a ese hombre. Supongo que es su padre, se parecen
bastante. Él, le cuenta lo que ha aprendido en el colegio, o lo que ha hecho
esa mañana en casa.
Nunca
falla, día tras día está allí. Siempre contándole cosas, albergando una mínima
esperanza, deseando que él pueda escucharle. Agarra la mano de su padre como
queriendo devolverle la fuerza que él le daba de pequeño antes de empezar un
partido.
Al
despedirse, le da un beso y le aprieta la mano, todo lo fuerte que puede. Él,
no reacciona, hace semanas que ya ni abre los ojos. Está llegando al final.
Pasaron
los días, y una noche, de vuelta a casa, vi que aquel niñito salía de la
habitación y rompía a llorar. Su madre trataba de consolarlo, con alguna que
otra mentira que preparaba el camino. Él no entendía nada. ¿Por qué le tocaba a
él vivir todo aquello?
A
la mañana siguiente comprendí las lágrimas del niño. A eso de las once de la
mañana él se había ido, por eso lloraba.
Creo que se despidió de él.
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