Hay
una canción que dice “Y miré la noche y ya no era oscura, era de lentejuelas”.
Lentejuelas que brillan en su obsceno vestido comprado en cualquier tienducha
barata, seguro que no había costado más allá de unos cuántos míseros euros.
Sin
embargo, jugamos más de una noche, a querernos medio en serio, fingiendo que
ella era una princesa y yo, un tipo diferente. Tengo un jodido problema,
siempre confundo a las putas con princesas y al revés.
Soñamos, juntos en la
misma cama, que todo aquello era cierto, pero solo mientras dormíamos. Como
dice otra canción “Cuando se despertó no recordaba nada de la noche anterior”.
O quizás sí, jirones de un efímero sueño que nunca, jamás de los jamases, se
cumpliría.
Cuando
salga por la puerta, tú volverás a ser esa que no me miraría a la cara si no es
con unas cuantas copas de más, y yo, retornaré a ser ese que lo que necesita son
unas copas de menos. La canción sigue diciendo que eran demasiadas cervezas y
que ya no era ayer sino mañana, remata la jugada diciendo que se fue donde
habita el olvido. A continuación, nos mentiremos una vez más. Lo pasaremos
bien, y no nos volveremos a ver. Así, hasta el fin o hasta que mi cuerpo no
pueda más y decida poner fin a esta patraña, a esta farsa representada ante un
selecto público.
Es
la historia de cada noche, un lugar diferente, unas sábanas ya profanadas, unas
cuantas copas, cargadas de desesperación, vestidos, neones, lentejuelas,
borrachos, calles… MISERIA. Pero hay otra canción que habla del obsceno sabor a
cubata de ron de tu piel; así es, todo sabe áspero y rugoso.
No
es vida, bueno, no es la vida que esperaba, arrastrarme cada tarde hasta un
bar, esperar a que una cara bonita se emborrachase tanto y estuviese tan
desesperada como para hablarme, y después… jugar a ser lo que nunca fuimos. La
noche no es de lentejuelas, es obscena y sórdida. Levantarse, y ver su vestido
plagado de lentejuelas, y mi cara llena de vergüenza en el espejo.
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