Un
día más y una hora menos. Llevo deambulando por aquí desde hace un par de
horas. He dado cerca de quinientos pasos, y un leve quejido metálico acompaña a
cada uno de ellos. Conozco esta planta de memoria. Llevo meses aquí. El
chirrido que me acompaña es un gotero, está repleto de medicamentos para
mitigar el dolor y no agravar demasiado mi estado.
Sé
que apenas queda tiempo, que esto está demasiado extendido como para abandonar
algún día este séptimo piso del hospital. Apenas viene gente a visitarme, bueno,
salvo la familia, ya sabéis. Lo cierto, es que, una vez a la semana, un
renacuajo de siete años viene a verme.
Siempre
les espero en el pasillo, y el corre y corre hasta llegar a dónde me encuentro.
Viene sonriendo, ajeno a todo lo que sucede en ese lugar. Cuando llega hasta
mí, me agacho levemente para recibir su abrazo, ya tiene más fuerza que yo. Me
abraza de tal manera, que me empuja a seguir luchando por una semana más.
Después
de su abrazo, coge mi mano, y me dice que le lleve hasta mi habitación,
cruzamos puertas, vemos enfermeras, y por fin llegamos. Allí, en esa maldita
mesilla que permite guardar lo imprescindible, tengo una colección de dulces
para cuando él me visita.
Me
pide que le suba a la cama, pero apenas puedo. La hora que pasa allí, vuela, no
como esos malditos segundos de soledad. Siempre que se va a ir, aprieta fuerte
mi mano, me da un beso y me hace prometerle que estaré allí cuando vuelva.
Se
va. Nada más verle cruzar el umbral de la puerta de mi habitación, mis ojos se
inundan de lágrimas, y necesito descansar. Hoy, me abrazo muy fuerte, como si
no quisiese dejarme escapar.
Esa
misma noche, tan sólo recuerdo unos gritos, un tintineo metálico, y un profundo
sueño… creo que fue la última vez que lo ví.
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