Me
despierto, la oscuridad me rodea y me acosa en mi estrecha habitación. A
tientas, busco mi reloj, pienso que me ayudará a situarme, aunque es otro de
los errores a los que soy aficionado. Lo coloco en mi muñeca, a duras penas
consigo cerrarlo adecuadamente, malditas hebillas. Las seis y media de la
tarde.
Bien,
he perdido otro sol, la luna brilla sobre la ciudad, si es que se puede decir
que las cosas brillan. Yo, continúo mi rutina, esa que tengo desde hace
semanas, o quizás meses… Medio a oscuras, apoyándome dónde puedo, llego hasta
el cuarto de baño. Tengo un aspecto horrible, quizás sea porque hace semanas
que ni me afeito ni me aseo. No tiene importancia, nadie se fijará en mí allá
donde pienso ir. Apesto, rocío mi cuerpo de desodorante para enmascarar ese
fétido olor a borracho que llevo encima. No lo elimina, pero lo disimula, algo
es algo. Vuelvo a la habitación y cojo los primeros pantalones que encuentro
tirados en el suelo, unos vaqueros cualquiera, los examino junto a la pequeña
luz de la mesilla, no están demasiado sucios, servirán.
Abro
el armario para sacar una camisa, no presto demasiada atención, me da igual la
pinta que tenga. Ya, medio vestido, solo falta encontrar los zapatos, encuentro
uno sobre el armario y el otro bajo la cama. Dios sabe cómo habrá llegado hasta
ahí, pero ya estoy casi listo.
Vuelvo
al baño para domar mi pelo. Baño mis manos en una especie de gel fijador, y las
unto en mi pelo, ahora doy aún más asco.
Con
aire confiado me aventuro hasta la puerta de la calle. Llevo la cartera llena,
mis datos personales y las llaves, no necesito nada más. Si me pasa algo
supongo que quien me encuentre sabrá qué hacer conmigo, aunque, por mí, podrían
dejarme allí donde me caiga.
En
el ascensor me veo en el espejo, realmente tengo una pinta horrible, pero me
consuelo diciéndome que no estoy tan mal. Una vaca parece haber lamido mi pelo,
y llevo una barba larguísima. Mis dientes amarillean y mis pupilas están
cansadas de tantos excesos. Pero, por lo menos, tengo la piel sin arrugas y los
ojos negros siguen siendo igual de penetrantes.
Llego
a la calle, y tan sólo necesito un puñado de pasos, una decena de metros, para
ir a mi sitio favorito.
Un bar cochambroso, de esos que te quedas pegado en la
barra. Mi sitio está libre, en la esquina más oscura de un bar de por sí
oscuro, me escondo ahí para no asustar a los hombres que se gastan parte de su
jornal en quintos de vino, ahí no entran mujeres ni por error. Trago tras trago
pasan las horas, hasta el cierre.
Y yo anoto, garabateo, las páginas de mi
libreta. Nada decente, soy un mierda. Después, tambaleándome, llegaba hasta mi
casa y tras equivocarme un par de veces de piso, llegaba al mío. Me da igual
que los vecinos estén hartos de mí, ni me conocen ni les intereso.
Una
vez frente a la puerta, araño la cerradura con mis llaves hasta que atino a
abrirla. Más tarde, me arrastro hasta mi cama hasta la tarde siguiente. Me
acuesto entre sábanas sucias deseando que esa tarde no llegue nunca, pero la
vida, que es muy puta ella, no me hace caso. Por alguna extraña razón me sigue
levantando cada tarde, no sé qué mierdas espera de un perdedor desgraciado como
yo.
Una
tarde, al levantarme, me vi peor que nunca. No podía seguir así. Me preparé un
café bien cargado, y me di una ducha de agua fría. Estaba horrible. Me afeite,
y el aspecto mejoró levemente. Lavé mis dientes a conciencia para tratar de
eliminar al máximo todo aquello que allí se acumulaba y cuando terminé me
sonreí al espejo. Aún estaba allí.
Me
peiné, como una persona decente y fui a vestirme. Eché a lavar todo aquello que
había depositado en el suelo durante estos meses. Ventilé aquella pocilga y
precipité por el sumidero todo lo que había sido mi vida durante aquel tiempo,
vacié mi casa de alcohol.
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