Uno
de estos días, el primero de noviembre, me encontraba paseando por esta ciudad
mía. Y vi una multitud de niños, y no tan niños, invadiendo la calle con sus
disfraces de “Halloween”. Una historia tradicional que nada tiene que ver con
nosotros, pues es importada de otro país. Últimamente me dedico a ver cómo nos
olvidamos de lo que de verdad es nuestro. Todo nos parece mucho mejor que todo
eso que nos llevó hasta donde estamos hoy.
No
entiendo cómo podemos dejar de lado todo aquello, que en mayor o menor medida
nos hizo grandes, nos erigió como un lugar apetecible y nos colocó en un lugar,
que hace ya demasiado tiempo perdimos. No les digo con estas líneas que no
disfracen a los niños, o incluso que no se disfracen ustedes mismos, pues es
algo que ha ido arraigando en nuestra decadente sociedad. Pero si hacen este
culto exorbitado a unas manifestaciones típicas ajenas a nosotros, no dejen de
lado nuestras propias costumbres.
Hay
que abogar por aquello que nos elevó del fango, hay que cambiar. Y el cambio no
está en quienes ya han pasado los cincuenta, está en ustedes, que apenas
superan la veintena. Y con esto, no sólo me refiero a los disfraces de
“Halloween”, sino a todo eso que nos han traído de algún lugar, y no nos
pertenece. Yo, por mi parte me niego a perpetrar esta suma de inútiles
tradiciones prestadas. Y todo esto, no tiene nada que ver con las ideas que
ustedes tengan, sino con el respeto que sientan hacia sus raíces.
Creamos
una sociedad en la que nosotros, los que apenas pasamos de la veintena, no
queremos, y abandonamos cuando se nos presenta la más mínima oportunidad. Si
queremos, que esos pequeños, que aún no conocen el miedo, quieran quedarse,
debemos cambiar lo que tenemos, debemos hacerlo mejor.
Así
que tienen dos opciones, eludir esta responsabilidad que nadie les exige
soportar, o convertirse en los motores de un cambio que nos hará mejores, a
todos.
Por
último, creo que podríamos empezar a hacer mella en nuestros jóvenes, hacer que
profesen un amor, casi incondicional por estas raíces que tenemos, y que poco a
poco, se han ido pudriendo por culpa de esta infecta sociedad que tan sólo
rinde culto al cuerpo, la botella, el dinero y la telebasura.
¡CAMBIEMOS!
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