Parar
el mundo por las prisas, y encontrarse frente a frente con su sonrisa. Aquella
joven, de los ojos funestos, que se dedicaba a deambular entre la gente,
devorando a cada suspiro un par de minutos perdidos. Comiendo las comisuras de
los labios, absorbiendo el alma, de algún incauto que se perdía en su boca.
Y
esa sonrisa tonta, esa que te provocan las mujeres, o los hombres, en función
de lo que te guste, se vuelve algo habitual. Se convierte, la risa nerviosa en
una mueca, algo divergente, en la que convergen sus piernas y mi alma, mi prisa
y su calma.
Después
la miras, y allí está impertérrita, esperando que tú, un iluso de labios
cansados, ojos tristes y alma rota, te arrastres hasta ella. Y con que ella te
eleve, desde su infierno hasta el cielo de los idiotas, y deje que te adentres
en su boca, en la que más de un barco se hundió, y algún náufrago intento
habitar.
Ella,
la menos común entre las bellas, la más rara entre las mortales, se acaba
desvaneciendo en una sombra taciturna que me invade cada amanecer. Se aleja
arrastrando tras de sí un puñado de besos, y algún que otro retazo de una mala
noche.
De
pronto, aparece una gama cromática de ojos, que se dividen en mil colores de
los que apenas recuerdo tres, y cae a mi lado. No articula palabra, me mira, me
observa y no desiste.
Ni
jugando al despiste. A esos ojos que no puedo olvidar y no puedo recordar.
Ella.
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