Un
gato triste maulló en mitad de la noche. No era ella, pero su lamento era tan
desolador como ver sus ojos desgarrándose por las lágrimas que le provocaba la
decadencia que se veía abocada a sufrir.
No
es nada fácil, asumir que eres pero ya apenas estás. Es más, resulta
ciertamente desconcertante encontrarte tan vivo y estar tan muerto, que es
difícil que el resto de la gente te distinga entre lo real y lo ficticio.
Ella
está cansada de esta batalla que da por perdida desde antes de comenzar, y él,
mastica lágrimas en noches calladas, para poder, al menos, aguantar un día más.
Respira, vigila, descansa, cuida, quiere, ama, llora, lamenta, siente, pierde,
gana una sonrisa suya, le devuelve una mirada aunque ya no está, teme, se
angustia, ella se para, parece que vuelve, déjenme solo, la quiero, no puedo.
SE VA.
Meses.
Días. Y el día. El final de todo y el comienzo de nada, se pierde. Agoniza. Se
fue. A casa, a desvalijar los armarios de todo lo que le recuerda a ella. A
tirar botellas contra los cristales, a quedarse dormido llorando en una esquina
tirado en el suelo.
Decide
no seguir. Para, respira. Se despide de ella, ya no le queda nadie. Mil
maneras, un par de minutos. Adiós. Se coloca la corbata se enfunda en el traje
gris y se va de nuevo, miente, ya casi ni siente, pero sigue. Trabaja doce
horas, llora tres y duerme un par más, bebe, apenas come y sigue con su corbata
y su traje gris.
Un
mes. No aguanta más, necesita estar con ella. Va. Habla. Llora. Allí, junto a
la fría losa de mármol rodeado de cipreses que se asemejan a guardianes de
almas. Respira. Expira.
Petrificado.
Una semana, y le encuentran, nadie llora, pero llueve.
Una gata, maúlla.
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