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30.10.14

Wonderful

Cuando algo termina, te encuentras perdido. Se acabó. Puede que cuando acabas alejándote de una mujer, por muy despiadada, adorable, o increíble que sea, necesites volver a encontrarte. 

Generalmente, cuando queremos, dejamos de ser uno mismo, para ser uno del otro. Ese gesto de caridad altruista para sentirse en una armonía perfecta, destroza hasta al tipo más duro, insensible y me atrevería a decir arrogante, del mundo.

Es en ese instante, en el que acabas en un garito de mala muerte, sorbiendo de un vaso a tragos de una intensidad y frecuencia variable, algún tipo de bebida espirituosa. Una de esas que te hace tanto daño que se te olvida hasta tu propio nombre, y también el por qué bebes.

Cuando acabas de autocompadecerte en el antro infernal, sales a la calle. Ávido de emociones, deambulas por la ciudad, y a las dos de la madrugada la encuentras. Es lo mejor que te puedes permitir con ese puñado de billetes que llevas en los bolsillos.

Rubia descolorida, con los labios pintados de un color rosa chicle, visiblemente desgastado por los vicios que ofrece y exige la noche. Un vestido, demasiado ceñido a su ya desmejorado cuerpo adulto, y un aliento que rezuma restos de un mal vino, un puñado de cigarros, y un chicle de menta.

Te pone morritos. No estás para desaprovechar la ocasión. Y caes en ese fango de los desahuciados. Acabas, más pronto que tarde, le escupes un par de billetes, por una faena con más pena que gloria. Y vuelves, avergonzado a ese rincón en el que duermes.


Porque ella, como diría Sabina, aunque no era la más guapa del mundo, era más guapa que cualquiera. Y no será la mejor, pero sí la única. Así que compañero, búscate la vida, que la muerte ya la conociste sin tenerla a tu lado. 

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