Y
así, encontré. Una rubia de rebajas, por la que el tiempo pasa, y los hombres
también. Un amor de colonia barata, esa que huele mucho y dura poco. Una
ocasión, que me hizo deber más de un favor. Una nube en cada ojo, negra, como
si de una tormenta se tratase, aunque nunca pasase de un puñado de lágrimas
furtivas que fingían una inerte despedida.
Era
la mujer perfecta de la P a la A, como ella ninguna, y peor sólo alguna. Porque
aunque no me quería, ni de cenicero, le juré amor eterno por media hora entre
sus piernas. La recuerdo al detalle. Labios pintados con un intenso carmín de
color rojo carmesí, y un vestido, más que divino que enseñaba más de lo que
ocultaba, y dejaba muy poco a la imaginación. Me llenó, hasta la camisa con su
rojo pasión y me desplumó la cartera con sus manos de porcelana. Y aunque suene
mal que lo diga, que dios la bendiga, porque me salió rana, y de tan puritana
se convirtió en una buena fulana. De señoritos bien, de no después de las diez,
de más de mil, pero no conmigo.
Y
después de una embustera, con falda de tubo, y pelo descolorido por el tiempo
perdido, la encontré, perdida entre la gente. Una chica, de esas que no hay
dos, porque con una es demasiado. Sincera, sin calma, prisa ni pausa. De esas
que con mirar encandilan, matan, quieren y aman. Una de esas, con ojos azules,
sonrisas en los tacones y un mar de pelo en el que naufragó mi barco, y me
enredo cada noche cuando me desvelo.
Al
fin y al cabo, ella. La de los besos sinceros, con los ojos abiertos, el
corazón en la mano y el cuchillo a la espalda. Y por ella, aún suspiro, y me
mantengo en vilo, porque con esos ojos azules, como no voy a querer, como me lo
voy a perder. Azul.
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