Apreciar
la belleza invisible de lo que vemos. Admirar, esos ojos marrones, tan comunes
que aún se dirigen a nosotros con admiración y curiosidad.
Ver
que la casualidad no existe, y es, tan
sólo una realidad ficcionada por esos labios que claman venganza contra tus
pupilas.
Unos
rasgos casi divinos, que se acaban desdibujando de abajo hacia arriba,
desembocando en un océano tan negro como un cielo sin estrellas, en el que, por
una noche, me dejaría perder, y encontrar.
Y
eso no es todo, la excepcional normalidad que desprende y te embriaga, la hacen
sumamente rara, y tan diferente que no quieres perderla de tu lado. Así de
simple, tan sólo debes esforzarte en mantener a esos ojos, tan comúnmente
extraordinarios, cerca de los tuyos, y que te miren, y mirarlos, cada día como
si fuese el último.
Pero
eso no es lo difícil, porque todos sabemos alterar nuestra mirada para poder,
en cierto modo, cautivar a quien queramos. Ella necesita, y merece mucho más.
Deberías dibujar cada segundo a su lado una amplia sonrisa, de esas que llenan
los ojos y estremecen el corazón, porque hacerla feliz debe ser lo primero.
Todos
queremos sin querer, pero puede que este, sea el momento de quererla queriendo
querer, porque una sonrisa, una mirada con esos ojos que brillan, merece que
borremos un par de estrellas del cielo, para dejar hueco a una nueva.
La
excepcionalidad de lo común hace que no nos demos cuenta de su existencia, y
puede que alguno de ustedes vaya detrás de esa rubia tipo Barbie (que habrá
muchas que merezcan algo como esto también), o de alguna chica, por
denominarlas de alguna manera, de esas en las que la noche resalta una
presencia que queda aguada por las mañanas.
Normal,
Obstinada, Rutilante, Apasionada. Así es, en cuatro palabras, ella. Nada más,
el resto sobra, porque sin ella, todo es nada.
Me recuerda a una anécdota... :)
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