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23.10.14

Nunca, es demasiado

Nunca, es demasiado tiempo, murmulló. Es cierto, pero tampoco es tiempo suficiente para nosotros dos, le susurré al oído. Así es como podría empezar cualquier historia, y así, es como empieza esta, que es la que yo les quiero contar.

El maestro Sabina, acostumbra a decir que, “al lugar dónde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. Y eso me repetí varias veces, pero como resistirse a volver a la paz de su mirada, al infierno de su boca y al calor de sus piernas. En estos meses pude imaginarla de cientos de maneras, y la verdad es que ninguna me gustaba más que la original. Esa, que tiene una imperfecta perfección, esa que sin mirarme, me encuentra, y cuando me ve, no quiero decirles lo que pasa cuando me ve, porque desnuda mi corazón, y eso que trato de tenerlo guardado lejos de su lado. Es imposible.

Me gusta que lleguen esos momentos en los que me desdibujo entre sus brazos, y por desgracia, pierdo de vista sus ojos y no sé si los cierra, pero quiero pensar que ella hace lo mismo que yo, y tan sólo, por unos segundos, se quita esa coraza que lleva puesta y se encuentra a mi lado, así, sin cortapisas, con todos sus miedos, y sus inseguridades. Y con un puñado de segundos, nos contamos lo necesario para poder sobrevivir en esa locura que tenemos.

Y quién no la vea bella, merece sufrir en su espalda las mismas cicatrices que ella tiene, porque cada recuerdo de una herida, tiene una enseñanza detrás, una historia que no se ha de olvidar. Y conozco cada palmo de su piel, y aún me perdería mil y una noches en sus piernas, para poder, como les diría yo, querer sin querer.

No puedo evitar hablarles de ella, porque no desaparece de mi cabeza, se mezcla con mis recuerdos, su olor, se aferra a las notas más discretas de mi fragancia, esa que tanto gusta. Así quién no. Lo peor de todo, es que así, cómo no.



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