Nunca,
es demasiado tiempo, murmulló. Es cierto, pero tampoco es tiempo suficiente
para nosotros dos, le susurré al oído. Así es como podría empezar cualquier
historia, y así, es como empieza esta, que es la que yo les quiero contar.
El
maestro Sabina, acostumbra a decir que, “al lugar dónde has sido feliz, no
debieras tratar de volver”. Y eso me repetí varias veces, pero como resistirse
a volver a la paz de su mirada, al infierno de su boca y al calor de sus
piernas. En estos meses pude imaginarla de cientos de maneras, y la verdad es
que ninguna me gustaba más que la original. Esa, que tiene una imperfecta
perfección, esa que sin mirarme, me encuentra, y cuando me ve, no quiero
decirles lo que pasa cuando me ve, porque desnuda mi corazón, y eso que trato
de tenerlo guardado lejos de su lado. Es imposible.
Me
gusta que lleguen esos momentos en los que me desdibujo entre sus brazos, y por
desgracia, pierdo de vista sus ojos y no sé si los cierra, pero quiero pensar
que ella hace lo mismo que yo, y tan sólo, por unos segundos, se quita esa
coraza que lleva puesta y se encuentra a mi lado, así, sin cortapisas, con
todos sus miedos, y sus inseguridades. Y con un puñado de segundos, nos
contamos lo necesario para poder sobrevivir en esa locura que tenemos.
Y
quién no la vea bella, merece sufrir en su espalda las mismas cicatrices que
ella tiene, porque cada recuerdo de una herida, tiene una enseñanza detrás, una
historia que no se ha de olvidar. Y conozco cada palmo de su piel, y aún me
perdería mil y una noches en sus piernas, para poder, como les diría yo, querer
sin querer.
No
puedo evitar hablarles de ella, porque no desaparece de mi cabeza, se mezcla
con mis recuerdos, su olor, se aferra a las notas más discretas de mi
fragancia, esa que tanto gusta. Así quién no. Lo peor de todo, es que así, cómo
no.
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