Acostumbro,
en demasiadas ocasiones, a hablarles acerca de una chica. Esa que ya se ha
vuelto eterna en este pequeño rincón que comparto con vosotros. La realidad es
que no puede dejar de hablar de ella, tiene algo que me cautivó, de una forma
superlativa, algo, que aunque pasen los años, sin lugar a dudas, se habrá
llevado parte de mí. Bueno, en realidad parte de todas las personas que se
sientan frente al teclado y que escriben este puñado de palabras.
En demasiadas ocasiones hubiese dado cualquier
parte de mí por presentarle al escritor a esa chica. Mujer. Mejor así. Creo que
ese escritor, o este de ahora, hubiese sido diferente, quizás, no me hubiese
cautivado de esta manera, pero yo a ella, por suerte, tampoco.
Es
difícil contarles aquí todo lo que puedo generar con tan sólo un instante a su
lado. Lo intentaré, pero solo será un ápice de todo eso que puedes llegar a
sentir. Se crea algo similar a la energía que nos acerca, pero inevitablemente
nos separa.
La
fórmula que he usado mil veces para describirla, tomada del maestro Sabina, es
esa de: “no era la más guapa del mundo, pero juro que era más guapa que
cualquiera”. Quizás esa concepción casi divina que provoca en mí es lo que le
hace tan especial.
Ahora
hay un problema. Ella, no existe (en realidad sí, pero sólo en mi cabeza), yo,
no sé quién soy. Pero la solución está cerca, perdida en unos ojos azules que
últimamente me acompañan, o en esos otros, que desearían ser verdes, pero que
con su color café te calman y te llevan igual de lejos. O esos otro, que sin
son verdes, pero podrían teñirse de cualquier otro color porque daría igual,
tendrían tanta fuerza que podrían hasta hacerte desaparecer. Y esos ojos,
marrones, comunes, esos que desde hace demasiado que me acompañan, y espero lo
hagan mucho más tiempo.
Todos
esos, y todas ellas, sí son de verdad. Y estos ojos, marrones, cansados,
desdichados y agotados de tanto ver sin mirar, no se quieren perder ni un
parpadeo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario