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5.6.13

Whisky on the rocks

Estaba oscuro, generalmente, los asiduos del local no quieren que les dé demasiado la luz. Se encontraba sentado en un taburete de imitación de piel de color rojo, sin respaldo. Había aparcado su moto a la entrada del bar. Nada más sentarse, llamó al camarero y le pidió una copa de su mejor whisky, un buen escocés de doce años, el camarero, rápidamente le sirvió lo que pedía, cogió un vaso, lo llenó de hielos y le sirvió. Cuando se disponía a retirarse, le pidió que dejase la botella y le alargó un par de billetes como pago.

De repente, la puerta se abrió pero él seguía enfrascado viendo bailar el hielo dentro del vaso y no se percató de la presencia femenina que acababa de llegar. No era normal ver a una mujer en un sitio como ése. Suena a cliché, pero era así; era un bar de carretera para almas perdidas.

Tras un rato sin prestar atención a aquella mujer, decidió levantar la mirada. Le echó un vistazo a la chica, sonrió y volvió a su vaso. Ella, también lo había estado observando, pero prefirió seguir jugando con la sombrilla de su bloody mary, mientras miraba con desdén a esos tipos que estaban sentados en una de las mesas.


De repente, la chica pensó que había salido con sed de aventuras y jugó una carta. Se hizo con una servilleta y le pidió a aquel camarero, que la comía con los ojos un boli, escribió: “¿Whisky, escocés, vaso bajo, tres hielos, 12 años? Buena elección” Se fue al baño casi sin hacer ruido tras deslizar la servilleta con el mensaje al bebedor de whisky.

Él, sorprendido, recogió la servilleta que aquella mujer había deslizado hasta su lado. Miró extrañado aquel insignificante trozo de papel. Lo abrió y leyó la nota. En su cara se dibujó una sonrisa canalla y miró a la mujer con cara de desconfianza y picardía. Cogió otra servilleta, y con un simple gesto al camarero, le pidió algo para escribir a la señorita. Comenzó a escribir algo así como: “Sí muñeca, whisky con hielo, una moto y una como tú para vivir una aventura. ¿Te animas?” Mientras le acercó la servilleta doblada le guiñó un ojo y ella se ruborizó levemente. Pese al ligero rubor adolescente que había coloreado sus mejillas se lanzó. Nunca digas no. Y movió ligeramente la cabeza en un movimiento afirmativo.

Tras ese intercambio de notas, se levantaron y se dirigieron hacia la puerta. Él la abrió para aquella señorita, y cuando ella se disponía a salir, la agarró de la cintura y la acercó a su cuerpo. Ella se dejó hacer, nada importaba ya. Una vez en la calle, le ofreció subirse a su moto, ella, sin dudarlo demasiado aceptó. La carretera y la noche les esperaba, y se alejaron por aquella carretera desierta, haciendo rugir el motor de su moto, disfrutando de la noche.

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