Aquella chica, morena, de ojos azules, no demasiado alta y con ese flequillo que apenas dejaba ver su ojo derecho, le daba un aire interesante. Sus ojos brillaban, y aquella sonrisa, era capaz incluso de iluminar las oscuras mañanas de invierno de aquella ciudad.
Lo cierto es que las cosas cambiaron, el tiempo pasó para ambos y un día dejaron de verse… Pero nunca fue capaz de olvidar esas miradas ni aquel par de sonrisas que un día le dedicó. Sin demasiado esfuerzo aquella chica conseguía hacerle feliz cada mañana. Ver que no todo era negro, que había otros muchos colores que no tenían por qué ser mejores, pero al menos si eran diferentes…
Tras desaparecer de mi vida, nunca antes otra había hecho sentirme así de feliz. Pasé unos meses buscando a aquella chica, pero el esfuerzo no sirvió de nada. En esos meses conocí otras, pero no era igual. Cuando daba todo por perdido, apareció de nuevo. Estaba ligeramente cambiada, pero estaba seguro de que era ella, aquella mirada era la suya.
Respiré hondo y me acerqué a ella. ¡Sí! Era ella, por fin… Hablamos largo y tendido, ella también me recordaba, al final del día, cuando la acompañaba camino a casa, se paró frente a mí. Me dijo que no debía seguir andado. Estaba confuso, ¿qué pasaba ahora? Ella se rio y se lanzó a abrazarme.
No pude evitar cerrar los ojos mientras ella me abrazaba, volví a sentirme feliz… Ya nunca fui capaz de separarme de ella, era especial, diferente. Quería recibir esos abrazos cada día, sonreír al verla despertar cada mañana a mi lado. La quería a ella…
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