Aquella rutina de verla pasar bajo mi ventana se alargó durante días, quizás semanas, puede que meses. Así que, como sabía la hora aproximada a la que pasaba cada tarde, un día decidí que no estaría mal que nos encontrásemos.
Algo casual, ya sabéis, esperas en el portal y cuando la ves pasar sales a toda prisa para “casualmente” tropezar con ella. Lo hice, me encantaba verla pasar bajo mi ventana y necesitaba saber cómo era aquella chica.
El encuentro apenas duró unos segundos, no pude, más bien, no fui capaz de articular palabra. Bueno, realmente, balbuceé algo y creo que sonó algo así como perdona. No necesitaba más que un par de palabras de su boca para poder completar mi imagen de ella.
Me dedicó una amplia sonrisa, se quitó uno de sus auriculares y me dijo que no tenía importancia. Me envalentoné. La invité a tomar algo. Me miro extrañada a la par que sorprendida, dudó, pero finalmente aceptó.
Así, con un empujón y un café, empezó todo…
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