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12.10.15

Rendición

El color de sus ojos no era muy distinto al de su alma, profundamente negros. Quizás venía dado por ese descarnado dolor que había sufrido durante tantos años y del que no había sido capaz de desprenderse, al menos por el momento. Y no era fácil comprender esos misterios que ocultaba tras unas gafas de sol, una barba de tres días y un buen puñado de ironía y mal humor. Pero tras esas gafas de sol, esos ojos tan negros ansiaban encontrar una mirada que los desconcertase tanto que aquel color negro, se quedase simplemente en sus pupilas.

No era difícil identificarle en mitad de la calle, solía tener un aspecto bastante distinto al resto de la gente de aquella decrépita ciudad de la que no podía escapar, aún. Algunas veces llevaba un sombrero que ocultaba un pelo cuidadosamente despeinado por la inconsistencia de sus actos, y sumado a esas apáticas gafas de sol que lo acompañaban buena parte del año, siempre pasaba desapercibido.

Era uno de esos tipos que pasa de puntillas por la realidad del resto de personas. Sin dejar rastro para no permitir que le dejasen huella. Y es que al fin y al cabo, quedar marcado es lo único importante en esta vida, para bien o para mal, una marca, nos ayuda a recordar aquello que nos hizo sonreír o que por el contrario nos hizo llorar. Aunque nunca deseó vivir del pasado, siempre pensó que era bueno que se quedase ahí, por si algún día todo aquello servía de algo para cualquier otra cosa en esa maldita vida.

Y tanto rogar por una de esas miradas salvadoras, la encontró a ella. Mejor dicho, ella le encontró a él. Andaba perdido en sus pensamientos mientras deambulaba por esas aceras repletas de gente, porque por desgracia personas quedaban muy pocas, cuando ella quedó cegada por ese aura, tan profundamente triste que desprendía. Eran dos polos opuestos, ella radiante. Sonreía, tenía una mirada viva, unos rasgos perfectos, unas clavículas desencajadas, una sonrisa perfectamente anclada a unos labios rojos, y unos cabellos indomables que hacían de ella, la mujer más hermosa del mundo.

Trató de seguir con la mirada a aquel tipo, se encontraron en un café. Él, sumido en su ordenador apenas levantaba la vista de su pantalla más allá del gigantesco recipiente humeante con un café solo, muy cargado. Ella, se deshizo de su chaqueta, dejando a la vista un vestido que le permitía lucir unas largas y perfectas piernas. Se sentaron a unas dos mesas de distancia.

Ella estaba profundamente intrigada. Aquel chico despertaba una curiosidad inhóspita dentro de su ser. Decidió levantarse y acercarse a su mesa. Le preguntó acerca del sitio que había libre frente a él, y con un leve gesto, arqueando las cejas, le indicó que estaba vacío.

De pronto, levantó la cabeza de la pantalla y de sus desgastadas teclas. Y allí estaba ella, mirándolo, como un niño que observa el arcoíris por primera vez.

Se desarmó, se quedó sin ningún tipo de argumento. Retiró aquellas gafas de sol estilo aviador de su rostro, dejó a la luz sus ojos, subrayados con unas ojeras bastante pronunciadas, y se rindió ante ella.

Pasaron meses hablando, bebiendo cafés, paseando, y hasta queriéndose. Él dejó de llevar gafas de sol en días nublados. Ella, lo quiso, incondicionalmente. Y claro que se dejaron huella, una tan profunda, que ahora es imposible borrar.




8.10.15

Recuerdo

Era ella tan sólo un recuerdo en mis pupilas destrozadas por el tiempo. Pero aún puedo cerrar los ojos y ver a la perfección cada detalle de su rostro, porque, a pesar de ser unas viejas pupilas, mi motor de recuerdos, se niegan a olvidar toda la belleza que encerraba en cada mirada.

Sus cabellos, negros, como una de esas noches invernales sin estrellas. Sus ojos azules, engalanados con unas ojeras casi permanentes, a causa de las noches que en vez de dormir, quería) que no hacían más que acentuar la viveza de sus ojos. Azules. Como esos cielos de un verano para recordar, iluminados por un sol perpetuo. Su boca, encajada en el complicado laberinto de sus labios, encerraba miles de palabras que no querían salir, y una húmeda e intrépida aventurera que tan solo quería besar, era ella, la culpable de los tristes finales y las cálidas bienvenidas entre su cielo.

Aún recuerdo, como dejaba que se colgasen mis pupilas de sus miradas, mis sonrisas de sus nadas, y mi yo, de su todo. Y cómo esa mujer, tan azuladamente oscura, tan de cicatrices y de belleza oculta, me dejó, un bonito zarpazo en el corazón, que late, pero se va con ella en cada sístole y diástole. Porque sus recuerdos, aunque sean zarpazos, no cicatrizan, ni con el tiempo que pasa.

Y ahí está de nuevo. Sólo si cierro los ojos. La recuerdo tan joven, con esas mínimas arrugas en las comisuras de sus labios al reír. Con sus párpados que presagiaban aciagas miradas en las noches más frías. Sus labios, sin carmín, marcados en mis cuellos de camisas, en mis hombros, y en mi cuello, despiadados, inesperados y siempre bien recibidos. Su profundo olor sigue persiguiéndome, al cruzarme con él, ella aparece. Y sus largos abrazos, esos que nos permitían perdernos, a mi entre sus cabellos, y a ella entre los aromas de mi cuello.

Ella, ella, ella. Tan sólo un vago recuerdo que está más vivo que nunca, entre mis párpados y sus pupilas. Entre sus suspiros y mis anhelos.


Tan sólo ella, un recuerdo.

5.10.15

Coreografía de una derrota



“Me duele todo lo que trae, pero odio cuando después de luchar, decide llevárselo todo”


Su rostro perfectamente esculpido a base de golpes de vida y trabajo, se había recompuesto tras la inesperada noticia. Quién podría haber esperado aquella noticia hace tan solo unos meses. Siempre había permanecido absorto en esa vida que había decidido escribir a base de un esfuerzo inusitado y de dejar en el camino todo aquello que, en otras circunstancias, le hubiese hecho perder la cabeza para ocuparse del corazón.

Tras salir de aquella luminosa consulta, el mundo se le vino abajo. Completamente. Un derrumbamiento general, de toda una vida, resumido en un instante. Baja en un ascensor atestado de gente, sensaciones dispares, pesadumbre, un ambiente lleno de silencios y respiraciones profundas que se antojan claves para afrontar todo lo que va a llegar.

Calle. Aire, más o menos fresco. Agua. Liberación. Un par de lágrimas. Una sonrisa, capucha y vistazo al móvil. Ella, preguntando. ¡Joder! Titubeos varios, pantalla bloqueada, móvil en silencio y de vuelta al bolsillo, un problema demasiado grande como para zanjarlo con un puñado de palabras.

Un 30% de éxito. Merece la pena iniciar una lucha, aunque sea para perderla. Y ahora ella. ¿Cómo explicas a alguien que te ha ayudado a recorrer ese maldito camino, que ahora, a mitad de viaje, puede que no des un paso más a su lado? Café. Silencio y una mesa cualquiera, cerca, y con más valor que uno de esos antiguos soldados de infantería que arremetía sin temor contra el enemigo. Descerrajar un tiro en la boca del estómago. “Puede que me esté apagando, puede, que si entro en ese treinta por ciento de personas que gana la lucha, sea una sombra de lo que soy”.

Y pasan las semanas, y esas ganas de lucha, se desvanecen. Sus atrevidos rasgos, ahora, demacrados, quedan enmarcados por una áspera barba que le recuerda que se ha declarado perdedor. Y sus pupilas, cargadas de ganas, se acaban fatigando en un no tras otro, en una sesión tras otra, que tan sólo le succiona las pocas energías que le quedan y le envenena lentamente a través de un filo plateado que se resbala hasta el interior de su piel.

Acaba. Hastiado de todo cuanto ha hecho, se has perdido, encontrado, vivido, amado, querido, tenido, soñado, besado y hablado. Ahora apenas hay palabras, se reduce a la mínima expresión que le permite tu otrora atlético cuerpo, que ahora se dedica a contenerle mientras vaga entre todo aquello que le aferra a la vida.

Últimos días. Arrecia la lluvia en la ventana. Una tormenta de verano, la última de sus últimos días. Un verano más, raro, pero con esa impertérrita sonrisa que se desvela cada noche en mitad de sus quejidos.

Ella también lo sufre, y lo sufrirá, porque por suerte se quedará. Esos ojos azules se destapan en sus sueños. Y una noche, la chispa de lucidez que le permite despedirse de quien, por suerte, podría haber dado la vida para salvarla, hasta de la muerte.

Se quita el maldito oxígeno que le ata al mundo. Se encuentra con la tormenta de sus ojos, la paz de su pelo y con sus labios. Esos labios tan suyos, que una vez fueron de los dos. Esboza un te quiero con la mirada, apenas puede balbucearlo.

La invita a dormir, ella se agarra a tu mano, esperanzada. Esperando, que no sea la última noche. Y tras dormirse, se va.

Para siempre.



4.10.15

A cámara lenta

Hay quien considera que el amor es tan sólo una sucesión de hechos, que suceden a toda velocidad ante nuestros ojos, y que tenemos la obligación de vivirlos como si fuesen el último que va a suceder en nuestra triste vida. Pero eso no puede ser verdad. El amor, se vive a cámara lenta, muy despacio, saboreando cada instante como si de verdad fuese el último, pero no de la historia, sino de ese segundo que respiramos su aroma.


La vio pasar, despacio, como movida por unos hilos ocultos, dirigidos por el mejor titiritero del mundo. Se deslizaba suavemente, sin esfuerzo alguno. Y le dedicó una mirada, intensamente leve, sus ojos apenas pudieron apreciarse, pero ese instante le contentó para todo el día.

Tenía una larga melena de un color cobrizo que se desdibujaba ante sus ojos, domada en demasiadas ocasiones en una coleta perfecta. Los ojos negros, brillantes, como si albergasen una vela con una pequeña llama en su interior. Y una sonrisa enmarcada entre unos labios alegres que escondían un pequeño paraíso en el que perderse era el mejor de los pecados.


[***]


Y nos redimimos de nuestros pecados, varias veces, durante algunos meses. Puede que quizás fuesen un par de años. Nos quisimos despacio, para no poder terminar todo aquello de golpe, para disfrutar, a lametazos, de todo lo que guardábamos en silencio, escuchando a Sabina, diciendo que lo suyo, por mucho que durase, costaba que se borrase diecinueve días y quinientas noches.

Efectivamente, se acabó. Nos dejamos en una noche oscura, en medio de un bar desértico en el centro neurálgico de una ciudad infestada de gente que amaba rápido. La despedida, lenta, sin lágrimas pero con deseos. Sin reproches pero con unas ganas brutales de poder repetir, porque el amor, a cámara lenta… sabe mucho mejor.



“Apareció perdida entre los pasillos en una biblioteca. No pude dejar de mirarla porque jamás había visto a una mujer como ella. Apenas reparó en mí, pero el instante en el que cruzamos nuestras almas, su sonrisa se quedó enganchada a mis ojeras, y mi olor a su pelo, y su pecho, a mis besos. La quise a cámara lenta, nos consumimos deprisa. Su amor alimenta, ¡pero cómo duele cuando mata!”

1.10.15

Distracciones

Una sonrisa perezosa se descolgaba entre unos labios desgastados, corroídos por la tristeza que deja el besar unas intenciones equivocadas. Era una de las imágenes más bellas que se pueden contemplar, estaba allí, distraída entre la multitud de personas que deambulaba por la calle, sonriendo.

Su rostro era pálido, iluminado por un radiante sol de otoño, que calentaba más su cuerpo que su desacompasado corazón, que latía sin prisas. Sus cabellos largos y profundamente oscuros empañaban de vez en cuando su rostro, dejando a la vista unas facciones cuidadosamente esculpidas, que dejaban al descubierto, como enmarcados, sus ojos. No tenían un color demasiado llamativo, eran de un maravilloso color miel. Y esas miradas, que parecían sacadas del mismísimo infierno, porque enfriaban hasta el alma, nunca me dejaron indiferente, y nunca quisiera dejar de ver esos ojos.

Una nariz, pequeña, se desdibujaba en mitad de su rostro, tan sólo empujaba a conocer esos ojos tan fieros, o a perderse en esos malditos labios.

Ahora mordía su labio inferior, nerviosa. Estaba esperando a alguien, seguramente fuese uno de esos tipos encorsetados en unos vaqueros demasiado holgados, una camiseta extremadamente larga y unas gafas de sol que no permitían conocer al que de verdad ocultaban.

Sus manos jugueteaban nerviosas, sus ojos, recorrían incesantemente a la multitud para poder encontrar a quien deseaba. Y allí estaba, por fin. Era un chico, normal. No parecía diferente a cualquiera de esos otros que caminaba por allí.

El rostro de ella se iluminó, las comisuras de sus labios se arquearon para dejar escapar una amplia sonrisa. Sus ojos se tornaron en una mirada brillante, y toda ella, parecía resplandecer. Él, no hizo movimiento alguno. Espero su llegada silencioso, sumergido en la belleza que se acercaba a pasos agigantados hacia él.

Su llegada fue indescriptible. Nada de esos besos distraídos en las mejillas. Un beso, largo, sentido, y un abrazo, de esos que te dejan cegados con el olor de la otra persona y te hacen olvidar al resto del mundo.

Les vi cogerse de la mano, y se perdieron entre la multitud… El resto de la gente no reparó en ellos, pero quizás, fue el momento en el que más cerca estuve de todo aquello que algunos insisten en llamar, amor.