Seguidores

7.4.14

Donde nos perdimos...

El labio partido, la nariz divida, los ojos convertidos al catolicismo, y mi alma rota por el mismísimo diablo. Recompuesto, a base de whisky y alguna que otra pastilla. Con un verso en un beso dejo mi hueco a tu lado.

Aún recuerdo el último amanecer entre tus piernas, perdido, abandonado por mis sentidos. Dominado por tu amor sin compasión. Por ser la última primera vez, por aquella primavera que murió en tu piel. Y me encontré, y la mirada de los dos quebró por la sinceridad. Nos quemamos sin temor al mañana. Y nos despedimos, fríos, gélidos, tan tú y tan yo, tan poco nosotros como nunca.

Acabé perdido de nuevo entre vasos y botellas, cartones, historias, y más de una bala perdida entre mis cajones.

Nos cruzamos entre la gente, ni nos miramos, nos infiltramos, y apenas hemos pasado de largo, nos buscamos. Y nos encontramos como dos adolescentes que se lanzan miradas clandestinas de amor, entre los pupitres. Salpicamos nuestras miradas de voces, personas y ruidos. Pero somos los dos, como cuando ya no éramos tú y yo.

Pero un gesto nos perdió. Otra mano rozó la tuya, y la cogiste sin temor. Y así me quedé yo. Roto. Desangelado, entre tanta gente que caminaba mientras mi pasado y mi no futuro, se alejaban. Allí, sin ti.



6.4.14

Siempre tuvo...

Desgastar sus labios hasta que se rompen. Volverlos a reconstruir con cada caricia por las noches, para no dejar jamás de romperlos. Beso a beso, sonrisa a sonrisa. Rotas las pupilas de tanto mirar sin encontrarnos, hastiadas de tantas horas sin ver la pobre figura de un amor antaño fuerte y valiente. Ahora, vagando entre sus cuerpos, puede sobrevivir unos instantes, un roce más, un susurro, una nueva mirada. Pero se pierde. Los ojos sin brillo, las sonrisas tristes, los besos amargos como la hiel.

Despacio. Como siempre. Como casi nunca. Así fueron las dos últimas despedidas. Valientes como rara vez, y tan cobardes como la primera. Sin apenas rozarse, sin ni tan siquiera mirarse, sin sentir por miedo a volver a caer.

Así. Entre miedos, vergüenzas, suspiros y algún que otro llanto, volvieron a volver a no saber quién es quién. Al engaño y la mentira, al tú de día, y yo toda la vida. A olvidar, como diría Sabina, en diecinueve días y quinientas noches. Dos veces al día, tres veces cada noche se echaban de menos. Se miraban como dos desconocidos en el metro, queriendo querer, sabiendo que no iban a volver.

No. No hay solución, cuando los labios se gastan, las miradas se apagan y los besos… esos que se van y nunca vuelven. Y entonces comienza a pesar lo que no dijiste, lo que dijiste y lo que no hiciste. Las veces que no la besaste por miedo a ser rechazado, las veces que la besaste por miedo a perderla. Esas veces.

Acaba como empieza. Desgastando con otro los labios que tú besaste, regalando las sonrisas que tú querías, las miradas, que tanta vida te daban. Y mientras tanto, vagas de bar en bar, a golpe de vaso, queriendo olvidar, sin hacer caso.


Olvidar para sentir, olvidar para querer, al fin y al cabo, olvidar porque sí. Quizás, vuelva, y de nuevo el maestro sabe de lo que habla, pero esta vez, sea con la lengua más corta, la cabeza baja, y la falda más larga. Pero, no nos engañemos. Siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta.

4.4.14

A ti...

Destrozar la cama cada noche, perdido entre su ausencia. Día tras día, noche tras noche, me pierdo entre las sábanas de esa infinita pequeña cama en la que tantas horas pasamos. Y lo peor es saber que no va a volver. Que aunque se ha ido, está contigo, sin querer, sin saber por qué.

Cierras los ojos, parece que lo peor ha pasado, pero el frío te asalta de nuevo, a pesar de que no te ha robado toda la ropa en uno de sus arrebatos nocturnos en los que la lucha por el calor se convertía en una pequeña revolución.

Y te levantas, despiertas, duermes, lloras y ríes. Pero la echas de menos. Y sus pies fríos no van a volver a calentarse entre tus piernas. Sus suaves manos no volverán a recorrer tu espalda. No volverás a dormir mientras su pelo te mece en su aroma, y se desvanece hasta tus sueños. Ya no.

Te arrepientes de cada mala palabra, de cada no beso, cada no abrazo, cada mirada esquivada y perdida, cada palabra cruzada que iba envenenada. Pero ya no.


Nadie llena su hueco, nadie ocupa tu cama salvo tu recuerdo, y cada vez estás más perdido, más fantasma, menos vivo. Aunque ya no. Ya no volverá. 

3.4.14

Pupilas rotas

Las pupilas dilatadas de tanto mirar sin encontrarte. De verte, y saber que no estás ahí, que a pesar de estar al lado no estás junto a mí.

Tus ojos, cansados de llorar, hartos de reír cuando no pueden más que mentir, se dedican a dejarme ir, a invitarme a marcharme, sin mirar demasiado lo que se queda atrás. 

Tengo miedo a perderme, pero me da aún más miedo el poder encontrarte. Buscarnos en una de esas noches tontas en las que de verdad, solo lo importante cuenta. Esas en las que las mentiras son la única verdad, en las que apenas nos hace falta hablar para saber que queremos.

Pero las noches tontas se convierten siempre en días listos, en los que las miradas sobran, las palabras matan, y los silencios, esos, por suerte, son los únicos que me dejan entrever que aún me quieres querer.

Tus labios disparan poco a poco, sin apuntar, sin querer matar ni herir, solo queriendo huir. Persiguiendo una mentira tan verdad, que es imposible de creer. Y de pronto, durante tan sólo un segundo vuelves a ser tú. Vuelves a mirar como si quisieses amar, vuelves a amar como si me quisieses tan sólo mirar.

Pero pronto te apagas de nuevo, te vuelves de acero y hielo, de viento y fuego, te desvaneces en tus cicatrices y me dejas allí, de nuevo, sin ti.

Y así cada noche, cuando nos volvemos a encontrar sin querer, cuando no podemos sino amarnos hasta no poder más, porque no sabemos que nos deparará el nuevo sol de la mañana. Así. Ya no te quiero querer, pero no te puedo perder. No te quiero encontrar, pero no puedo dejarte marchar. 


1.4.14

Esperarte, esperarme, esperarnos...

La noche se nubla de nuevo, la ciudad toma un tono más gris de lo habitual, pero me gusta, la verdad es que no odio tanto este sitio. Las fuentes me distraen mientras espero.

Enciendo un cigarrillo con los últimos resquicios del anterior. Llevo cuatro seguidos, sé que ella odia ese olor, pero yo odio la soledad mientras espero, y la que me deja cuando desespero.

Veo una figura que comienza a volverse más nítida mientras se acerca. Es ella. No cabe duda, apenas ha avanzado unos pasos más cuando reconozco sus formas, siento sus pasos y oigo como el viento que nos azota durante un momento mece su pelo. Me apresuro a apagar el cigarro, que apenas había consumido aún. Ella me ve, sabe que lo hago en parte por su presencia. Me devuelve una media sonrisa mientras rebusco un chicle en los bolsos de mi chaqueta. Demasiado tarde me dicen sus ojos.

Llegó. La temo, pero no puedo resistirme. La odio pero no puedo dejar de quererla, es como una de esas medicinas que para curarte te mata un poco, pues algo así me pasaba con ella. Me busca, y acaba encontrando una sonrisa, una mirada durante un par de segundos a sus azules ojos, que incluso en la negrura de la noche se apreciaban.

Busca de nuevo, mira, espera. Y me abraza, abraza y respira, respira ese olor que poseo, una mezcla entre colonia, fracaso, amor y esperanzas. Y le encanta, le gusta el dulce sabor de mi cuello. Se separa y parece que para el mundo de nuevo.

Comienza a pasar gente. Y dejo de verla durante un segundo. Me invita a fantasear, a jugar, a querer como si fuera la primera vez, a mentir como si fuera la última.

Y caigo de nuevo en el juego, en las redes, en sus ojos. Esos labios, que ya no me susurran se convierten en los verdugos de mis sueños, esos ojos, que antes me brillaban, ahora me queman. Y esas manos, que más de una fría noche calentaron las mías, se dedican a marcar esas distancias, que son como un muro, como una muralla.

Vuelve la sonrisa. No lo puedo evitar, no lo quiere evitar. Enciendo otro cigarro, esta vez me da igual lo que diga, en la segunda calada sus miradas me han hecho tirarlo. En la tercera sus labios me buscaban, y en la cuarta… no sé dónde me encontraba.

Me beso una última primera vez, me sintió una primera última vez. Y se despidió como siempre. Sin decir demasiado, sin mirar atrás, sin preocuparse por las ruinas que dejaba tras de sí.

Así, como siempre, como nunca, como casi siempre. Queriendo sin poder, jugando sin querer, amando sin saber. Sintiendo, sin haber un por qué. Así. Porque sí.