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17.6.13

Despedida

Pasamos horas y horas con las mismas personas, y muchas veces, no les damos la importancia que merecen. La realidad es que sin ellos nada sería lo mismo. En esencia, nos han cambiado a nosotros y han cambiado ellos mismos.

Llegamos a convivir más horas con ellos que con nuestra propia familia, y terminan convirtiéndose en eso, en nuestra otra familia. Lo cierto es que son geniales. Da igual lo que hagas, porque siempre están ahí. Esa relación que empieza porque sí, porque no queda más remedio que convertirse en un ser sociable… acaba siendo fantástico, inigualable. Y es que al fin y al cabo, son nuestra familia. Nos acaban queriendo de cualquier manera.

Supongo que los que leen esto, saben por quién va. Gracias a todos, sin excepción. No cambiaría nada de estos dos años ni a ninguno de vosotros. Suerte a todos.

5.6.13

Whisky on the rocks

Estaba oscuro, generalmente, los asiduos del local no quieren que les dé demasiado la luz. Se encontraba sentado en un taburete de imitación de piel de color rojo, sin respaldo. Había aparcado su moto a la entrada del bar. Nada más sentarse, llamó al camarero y le pidió una copa de su mejor whisky, un buen escocés de doce años, el camarero, rápidamente le sirvió lo que pedía, cogió un vaso, lo llenó de hielos y le sirvió. Cuando se disponía a retirarse, le pidió que dejase la botella y le alargó un par de billetes como pago.

De repente, la puerta se abrió pero él seguía enfrascado viendo bailar el hielo dentro del vaso y no se percató de la presencia femenina que acababa de llegar. No era normal ver a una mujer en un sitio como ése. Suena a cliché, pero era así; era un bar de carretera para almas perdidas.

Tras un rato sin prestar atención a aquella mujer, decidió levantar la mirada. Le echó un vistazo a la chica, sonrió y volvió a su vaso. Ella, también lo había estado observando, pero prefirió seguir jugando con la sombrilla de su bloody mary, mientras miraba con desdén a esos tipos que estaban sentados en una de las mesas.


De repente, la chica pensó que había salido con sed de aventuras y jugó una carta. Se hizo con una servilleta y le pidió a aquel camarero, que la comía con los ojos un boli, escribió: “¿Whisky, escocés, vaso bajo, tres hielos, 12 años? Buena elección” Se fue al baño casi sin hacer ruido tras deslizar la servilleta con el mensaje al bebedor de whisky.

Él, sorprendido, recogió la servilleta que aquella mujer había deslizado hasta su lado. Miró extrañado aquel insignificante trozo de papel. Lo abrió y leyó la nota. En su cara se dibujó una sonrisa canalla y miró a la mujer con cara de desconfianza y picardía. Cogió otra servilleta, y con un simple gesto al camarero, le pidió algo para escribir a la señorita. Comenzó a escribir algo así como: “Sí muñeca, whisky con hielo, una moto y una como tú para vivir una aventura. ¿Te animas?” Mientras le acercó la servilleta doblada le guiñó un ojo y ella se ruborizó levemente. Pese al ligero rubor adolescente que había coloreado sus mejillas se lanzó. Nunca digas no. Y movió ligeramente la cabeza en un movimiento afirmativo.

Tras ese intercambio de notas, se levantaron y se dirigieron hacia la puerta. Él la abrió para aquella señorita, y cuando ella se disponía a salir, la agarró de la cintura y la acercó a su cuerpo. Ella se dejó hacer, nada importaba ya. Una vez en la calle, le ofreció subirse a su moto, ella, sin dudarlo demasiado aceptó. La carretera y la noche les esperaba, y se alejaron por aquella carretera desierta, haciendo rugir el motor de su moto, disfrutando de la noche.

Por casualidad...

Me encontraba mirando por la ventana, cuando la vi pasar. No era nada del otro mundo. Iba absorta en su realidad, esa en la que te encuentras mientras escuchas tu música favorita. Apenas le di importancia, total, tan solo es una que he visto pasar.

Aquella rutina de verla pasar bajo mi ventana se alargó durante días, quizás semanas, puede que meses. Así que, como sabía la hora aproximada a la que pasaba cada tarde, un día decidí que no estaría mal que nos encontrásemos.

Algo casual, ya sabéis, esperas en el portal y cuando la ves pasar sales a toda prisa para “casualmente” tropezar con ella. Lo hice, me encantaba verla pasar bajo mi ventana y necesitaba saber cómo era aquella chica.

El encuentro apenas duró unos segundos, no pude, más bien, no fui capaz de articular palabra. Bueno, realmente, balbuceé algo y creo que sonó algo así como perdona. No necesitaba más que un par de palabras de su boca para poder completar mi imagen de ella.

Me dedicó una amplia sonrisa, se quitó uno de sus auriculares y me dijo que no tenía importancia. Me envalentoné. La invité a tomar algo. Me miro extrañada a la par que sorprendida, dudó, pero finalmente aceptó.

Así, con un empujón y un café, empezó todo…

4.6.13

Res, non verba

Mientras caminaba por la biblioteca en busca de tan ansiado libro, mis apuntes, reposaban sobre una mesa, junto a mi portátil, esperando a ser leídos. Pasé al menos quince minutos entre los pasillos de aquella inmensa biblioteca. Cuando regrese a mi silla para retomar aquellos insufribles temas acerca de la historia de unos hombres que habían conquistado innumerables tierras, vislumbre un post-it de color verde, con forma de manzana. Estaba colocado sobre mis apuntes, y era evidente que provenía de una persona que estuviese allí estudiando.

En el post-it, había una frase escrita que rezaba lo siguiente: “Res, non verba”. Pese a haber estudiado latín en mi adolescencia, no estaba demasiado seguro acerca de la traducción instantánea que hice. Por ello, acudí a internet (dicen que lo sabe todo), aparecieron 234.000 resultados, todos demasiado insulsos. Me decidí por el traductor. Los hechos, en lugar de las palabras. Eso es todo lo que me dijo el dichoso traductor, muy aproximado a mi primera traducción.

Pasé unos minutos observando a quien me rodeaba, pero tampoco obtuve una conclusión clara. Nunca se me dio bien conocer a la gente, ni saber quién podía haber hecho tal o cual cosa…

Me centré en mis apuntes de nuevo, eran, lamentablemente, de las cosas más interesantes de aquella biblioteca. Todo esto, hasta que una chica morena, con el pelo recogido y gafas, se sentó justo delante de mí. Tenía los ojos marrones, y parecía muy tímida.

Fue entonces, cuando releí aquella nota que había aparecido hace unos minutos sobre mis apuntes. “Res, non verba”. Se supone que debería hacer algo en lugar de tan solo imaginarlo o comentarlo con mis amigos y conocidos.

Pero… si no conocía de nada a aquella chica, ¿qué demonios se supone que debería hacer yo? ¿Por qué he de hacerle caso a una nota que ha aparecido en mis apuntes?

En aquel preciso instante, levante la mirada, la vi. Estaba sumida en sus apuntes, ajena al resto del mundo. Ausente. Preciosa.

Cogí unos post-it que tenía cerca y coloqué uno en la parte trasera de la pantalla de mi ordenador, donde ella pudiese verlo. Volví a mis apuntes, esperando que ella hiciese algo… En aquella nota, tan solo puse una frase: “Seguro que tienes una bonita sonrisa, ¿me dejas verla?”

No respondió en las siguientes tres horas, me fui. Estaba realmente decepcionado, para una vez que decido hacer algo y no tengo respuesta. Cuando estaba a punto de salir a la calle, una vocecilla me dijo: “¿No querías verme sonreír?”

Res, non verba.

Últimos instantes

Sacó una de sus camisas blancas del armario, mientras la abotonaba cuidadosamente ya estaba en busca de su traje. Se colocó los pantalones, pilló su camisa con ellos y se sentó sobre la cama para atarse los zapatos. Mientras los ataba, pensaba en ella, iba a ser la última vez que se iban a ver si nada pasaba entre ambos. Él se iría fuera del país, ella seguiría con su vida. ¿Merece la pena luchar por algo que no sabes si pasará?, se preguntó, él mismo se respondió. Sí. Quizás sea una locura pero ella merece esa locura. No, dijo una parte de él, ella no será nada, olvídala. Terminó de atarse los cordones de los zapatos. Se puso la americana, cogió la cartera, la colocó en el bolso interior de la chaqueta, y cogió las llaves de casa y la llave de su coche. Se fue despacio, cerró suavemente la puerta y se perdió escaleras abajo.

Una vez abajo, se montó en el coche, le encantaba conducir. En apenas cinco minutos llegó a aquella fiesta. Tras entrar en esa casa y saludar a un par de conocidos… ahí estaba ella, despampanante, con un vestido negro, unos zapatos de tacón del mismo color, y su pelo suelto. Sus ojos azules brillaban, su sonrisa, iluminaba todo su rostro, no podía apartar sus ojos de ella. Era hermosa, muy hermosa.
Se desabrochó un par de botones de la camisa, apuró la copa de champán que tenía en sus manos, respiró hondo y se fue a por ella.

Tenemos que hablar, le soltó en cuánto se acercó. ¿De qué?-dijo ella. De nosotros, le respondió con voz firme y segura.

Salieron al jardín de la casa, un cielo repleto de estrellas les observaba, no había nadie más. Volvió a respirar hondo, tenía tantas cosas que decirle, aunque también tenía la sensación de que era mejor no decir nada. Tomó su mano, se alejaron un poco del bullicio provocado por la gente y le ofreció sentarse sobre la hierba.

Allí se quedaron ambos, inmóviles, sin ser capaces de decir ni una sola palabra, pasaron un buen rato allí, solos. Después, él, se levantó, la miró, y se alejó de ella, esperando un gesto por su parte, algo así como no te vayas, quédate, te necesito… Nada. Volvió a la fiesta y se perdió entre la multitud.

Todo terminó. Aquello que fue sin ser, tuvo un final, triste, él solo quería llorar…